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El euro. Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa

Joseph Stiglitz

Así se titula el libro del Nobel de Economía Joseph Stiglitz publicado a finales de 2016. Según el autor hay muchos factores que contribuyen a las penurias Europa, pero el error de base es uno solo, la creación de una moneda única, el euro, sin la creación de una serie de instituciones que hagan posible que una región con la diversidad de Europa funcione de manera efectiva con una sola moneda.

El economista analiza el período de la economía europea de 1980 a 2015 y observa tres cosas sorprendentes: primero, no hay ningún incremento del crecimiento en toda la zona euro después de la introducción del euro, segundo, los ingresos se encuentran por debajo de la tendencia que había seguido el PIB antes del euro, y finalmente, la diferencia sigue aumentando y lo seguirá haciendo mientras la eurozona continúe manteniendo sus políticas actuales.

En todas las variables como por ejemplo: PIB, PIB per cápita, productividad, desempleo, desigualdad, etcétera… el rendimiento de la eurozona (19 países de la UE que adoptaron el euro) ha sido peor que en los países que no forman parte (9 países del UE que no adoptaron el euro) y mucho peor que EEUU.

Los partidarios del euro no pueden negar estas estadísticas, pero hay quien dice que si no fuera por el euro, aun sería peor. Stiglitz explica que eso se llama planteamientos contrafactuales y dice que las evidencias empíricas están a favor de los críticos del euro.

Stiglitz desmonta los argumentos simplistas a favor del euro como que Europa sería más poderosa e influyente, que ha sido capaz de mantener la paz, y da argumentos de porque no son convincentes.

El economista explica los motivos macroeconómicos elementales que provocan que el euro no funcione.

¿Cuándo puede llegar a funcionar una moneda única?

El economista Robert Mundell recibió el Premio Nobel para formular esta pregunta y responderla. Su análisis dejó claro que los países del euro eran demasiado diferentes para utilizar una misma moneda.

Un país tiene tres herramientas para combatir las recesiones económicas y conseguir prosperidad económica y pleno empleo: la tasa de interés, la tasa de cambio (apreciar o devaluar la moneda) y la política fiscal (aumento / disminución de gasto público e impuestos). España al entrar en el euro perdió estas tres herramientas y eso hace que no pueda maniobrar para capear las crisis ni conseguir reducir la tasa de desempleo. La tasa de interés es la misma para toda la eurozona, aunque un país pueda estar en depresión y otro sufra inflación. España habría podido subir los tipos de interés para combatir la burbuja inmobiliaria, España podría haber devaluado la moneda para incentivar las exportaciones o favorecer el turismo, pero dentro del euro no se puede. El límite del 3% del déficit público (cifra inventada en menos de una hora y sin coherencia científica) deja a España sin política fiscal efectiva y obliga a reducir gasto y aumentar impuestos en plena recesión económica. Dentro de la zona euro los estabilizadores automáticos quedan prácticamente anulados. Stiglitz lo llama el fetichismo del déficit.

Además, el euro hace que los países queden sin soberanía monetaria y por tanto sin capacidad de emisión de la propia moneda por parte de sus respectivos bancos centrales, como hacen más del 90% de los países del mundo. Los países pasan a ser usuarios de la moneda en lugar de emisores de la misma, perdiendo muchísimo margen de maniobra para reducir el paro y los deja a merced de la troika para obtener financiación.

Al no poder utilizar los mecanismos antes descritos, ya que la moneda común actúa como una camisa de fuerza, se utiliza un mecanismo de ajuste alternativo llamado devaluación interna, y los que creen en el euro le han depositado toda la fe. La devaluación interna consiste en: disminución de salarios, recortes en pensiones, recortes en gasto público (sanidad, educación, dependencia, I + D, etcétera.). Todo ello provoca: pérdida de PIB, altas tasas de desempleo crónicas (15-20%), fuga de cerebros, disminución de la calidad de vida, un 43% de paro juvenil, etcétera. En realidad, las políticas de austeridad se pueden ver como facilitadoras de este proceso de ajuste.

Stiglitz explica que la austeridad no ha funcionado nunca, y la diferencia fundamental entre la ama de casa suaba sobre la que tanto habla la Sra. Merkel y un país, es que el ama de casa cuando es austera con sus gastos, su marido no pierde el trabajo. Pero eso es exactamente lo que ocurre cuando la austeridad se impone a un país: el gobierno recorta sus gastos y la gente pierde el trabajo. Es la falsa analogía entre la economía de un hogar y la de un país, que tanto les gusta utilizar a los fundamentalistas de mercado de manera tendenciosa.

El mandato del BCE produce también un sesgo hacia el paro ya que se diseñó expresamente con una capacidad de maniobra limitada: controlar la inflación. A diferencia de otros bancos centrales que favorecen el crecimiento económico y el pleno empleo, además de la estabilidad de precios.

En el capítulo nueve del libro, el autor da una batería de reformas estructurales para hacer que el euro funcione: una unión bancaria, mutualización de la deuda, una estructura fiscal común, etcétera. Después de 20 años esperando las reformas, éstas no llegan nunca, a día de hoy, no hay una solidaridad europea y los países del norte actúan en favor de sus intereses nacionales. Alemania ha reiterado en muchas ocasiones que esto no es una “unión de transferencias”. De hecho, el autor explica que el euro ha ayudado a divergir económicamente, no ha logrado la prosperidad ni la integración política prometida. Stiglitz también habla de que si estas reformas no se llevan a cabo pronto, se debería proceder a lo que él llama el divorcio amistoso, es decir, salir del euro.

En Europa serán muchos que se entristecerán por la muerte del euro. No es el fin del mundo: las monedas van y vienen. El euro apenas es un experimento de veinte años, mal diseñado e ideado para no funcionar. El proyecto europeo es mucho más que un acuerdo económico, es la visión de una Europa integrada. Los costes de la disolución, tanto en términos financieros como emocionales, pueden ser elevados, pero los costes de permanecer dentro del euro serán mucho mayores. Es mejor dejar el euro atrás y tratar de salvar Euro

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