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Wynne Godley y el tratado de Maastricht

Stuart Medina
Escrito por Stuart Medina

Wynne Godley fue un economista británico de la escuela postkeynesiana, discípulo de Kaldor, muy crítico con la política económica del gobierno de Thatcher. Recibió la educación esmerada de un miembro de la élite inglesa pues se formó en King’s College. Aunque iba para músico, pues estudió en el conservatorio de París y luego fue oboe en la orquesta galesa de la BBC, su miedo escénico le obligó a dejarlo. Quizás hayamos perdido un gran músico pero ganamos un gran economista.

Una de sus mayores aportaciones fue un marco analítico consistente en el estudio de los balances financieros sectoriales que viene muy al caso para estudiar nuestra crisis actual y el fracaso de las recetas neoliberales [1].

Pero hoy quiero recordar a Wynne Godley por un magnífico ensayo que escribió allá por el año 1992 y al releerlo me eriza el cabello por su clarividencia y lucidez. Se titula Maastricht and All That y podéis encontrarlo aquí en inglés. Empieza con una diatriba por las formas mediante las que se consiguió la aprobación del Tratado de Maastricht, un proceso que arrancó la siguiente confesión de Delors: “quizás en el futuro los puntos de vista de la gente sencilla debieran ser tomados en cuenta con mayor sensibilidad” y añade el ensayista: “¡podría haberlo pensado antes!” Esta enseñanza no parece haberse asentado a la luz del reciente comportamiento de las autoridades europeas.

Godley hace una crítica acerba al diseño institucional que pone en marcha el Tratado de Maastricht. Él cree que, frente al pensamiento neoliberal que ya en esa época empezaba a predominar en el continente europeo, sí que existe un papel para el estado en la gestión del ciclo económico. El gobierno tiene la responsabilidad de tomar decisiones sobre el nivel óptimo de provisión de servicios públicos, el reparto justo y nivel adecuado de la carga fiscal, el nivel adecuado de déficit o superávit público, si se financian los gastos o no con deuda, los tipos de interés, etc… Ese conjunto de decisiones, que no son otra cosa que la política económica, determinarán el nivel de precios, crecimiento, inversión y empleo. Un gobierno progresista procurará con su mezcla de políticas alcanzar el pleno empleo. Además una serie de estabilizadores automáticos suavizarán el ciclo económico y apoyarán a aquéllas regiones que padezcan una crisis estructural.

Pues bien, Godley advertía que el Tratado de Maastricht arrebataba su soberanía monetaria a los estados que se iban a integrar en la unión monetaria. Pero además iban a perder su soberanía fiscal y su capacidad de desarrollar una política económica que permitiera alcanzar los objetivos citados anteriormente. Lo que no conseguía comprender es que los estados renunciaran a esta soberanía para cedérsela a una unión que carecía de todas las capacidades ahora arrebatadas a los estados y cuya única institución económica compartida sería un banco central, desprovisto además de una función tradicional de los bancos centrales, cual es la de actuar como prestamista de última instancia en caso de un ataque de los mercados a la deuda soberana.

En el último párrafo nos enfrenta a la disyuntiva a la que se sometía a los ciudadanos europeos. Podía entender a aquéllos que, como Margaret Thatcher, preferían retener su soberanía monetaria y económica. También podía entender a aquéllos, entre quienes se incluía, que defendían una verdadera federación europea con instituciones económicas compartidas que permitieran aplicar una política fiscal y de transferencia de rentas en caso de necesidad. Lo que le resultaba incomprensible es que hubiera quienes apoyaran la integración en el sistema monetario europeo renunciando a toda soberanía económica sin exigir como contrapartida unas instituciones federales europeas que pudieran garantizar el pleno empleo en casos de crisis asimétrica.

Las perspectivas le resultaban aterradoras. En su visión los estados se verían reducidos a la condición de regiones sin capacidad de devaluar su moneda y de aplicar políticas anticíclicas. Se preguntaba qué pasaría si una región o todo un país se enfrentara a una crisis estructural. Sin instituciones económicas federales que pudieran transferir rentas a esos territorios menos afortunados y sin la capacidad de devaluar, los estados carecerían de una red de seguridad y no podrían aplicar políticas expansivas sin riesgo de caer en problemas serios de balanza de pagos. Godley nos lanza la siguiente admonición;

Si un país o región no tiene el poder de devaluar y si no se beneficia de algún sistema de igualación fiscal, entonces nada detendrá que sufra un proceso de decadencia acumulativo y terminal que llevaría, al final, a la emigración como única alternativa a la pobreza y la hambruna

A mí esta predicción, hecha en 1992, no deja de recordarme a las economías de la periferia europea de hogaño y me resulta desoladora. No dejo de pensar en lo irresponsables que fueron nuestros políticos al renunciar a nuestra soberanía monetaria sin exigir a cambio unas instituciones económicas federales: unión fiscal, mutualización de deuda, unión bancaria; reivindicaciones que hoy se hacen en vano pues los países acreedores no quieren asumir su coste.

La Unión Monetaria Europea ha sido un triunfo ideológico del neoliberalismo: no es posible aplicar políticas keynesianas en este entramado institucional. ¿A alguien le sorprende la crisis de los partidos socialdemócratas que, de forma temeraria, haciendo gala de un europeísmo un tanto iluso, apostaron con el entusiasmo de un zelota por esta integración en un proyecto netamente neoliberal?

 

Note

1.^ En una economía cualquiera podemos analizar de forma agregada los balances de cada sector: el privado formado por familias y empresas, el público y el exterior. Si un sector invierte por valor superior a su ahorro deberá endeudarse con otro que genere mayor ahorro del que es capaz de invertir. En una crisis como la actual que se deriva de un excesivo endeudamiento del sector privado es inevitable que éste procure desapalancarse. Sin embargo, para que esto ocurra otro sector tendrá que aceptar la devolución de sus préstamos.

En Europa se ha exigido a los países deudores que reduzcan su deuda. En el caso español el sector privado se sobreendeudó durante la burbuja inmobiliaria. Pero para desendeudarse un sector otro tiene que recoger esos saldos financieros. Por esos es fútil exigir que simultáneamente el sector público reduzca su endeudamiento. Si nuestro sector privado quiere amortizar aceleradamente sus préstamos bien el sector exterior, bien el público tienen que aceptar esas posiciones reduciendo sus saldos acreedores. Richard Koo supo entender esto perfectamente al describir las reseciones japonesa y europea como una “crisis de balance”. Contablemente la relación se expresa así: (S – I) = (G – T) + (X – M) es decir: desendeudamiento privado = endeudamiento público + desendeudamiento exterior.

El siguiente vínculo lo muestra de forma empírica: Economistas Frente a la Crisis.

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