Opinión

Una fábula histórica para entender la naturaleza del dinero

Marcos Muriel
Escrito por Marcos Muriel

En el siguiente texto voy a argumentar que el dinero no es una creación espontánea de individuos libres en un mercado, como sostiene la teoría convencional, sino una creación del Estado basada en su capacidad coactiva, una tesis fundamental de la Teoría Monetaria Moderna. Para exponer mi argumentación de forma clara y didáctica, voy a emplear una fábula histórica que me he inventado. Advierto que no debe tomarse de ningún modo como un relato histórico veraz, aunque es algo que va a resultar evidente por la naturaleza altamente estilizada e incluso un poco estúpida de la narración. Es cierto, en cualquier caso, que el dinero ha sido una criatura del Estado desde sus inicios, y si a alguien le interesa esta cuestión histórica puedo sugerirle el libro Credit and State Theories of Money, especialmente el capítulo firmado por Michael Hudson. Yo no soy un experto en la historia del dinero, y mi único interés aquí es explicar qué es y cómo funciona la moneda hoy.

Érase una vez en Egipto… Situémonos en el Antiguo Egipto, una de las grandes civilizaciones fluviales de la Antigüedad. Las tierras de aluvión del valle del Nilo son tan fértiles que la sociedad egipcia tiene un excedente productivo notable. Los campesinos trabajan la tierra entre octubre y mayo y durante el verano, con la sequía, descansan. El Estado se provee sin moneda Como el Faraón ve que en verano tiene a sus súbditos sin dar palo al agua se le ocurre que sería una gran idea ponerlos a construir unas Pirámides. Así que coge y dice: “en junio os venís todos a construir unas Pirámides en Giza, y como os escaqueéis os doy 100 latigazos, os corto la cabeza, os meto en un calabozo, etc. etc.” En suma, el Estado quiere proveerse de trabajadores y para ello usa la coacción directa. El Estado se provee con moneda Un buen día, sin embargo, al Faraón se le ocurre una idea innovadora. “Al final del año,” proclama, “todo el mundo me va a tener que entregar 100 piezas de cobre -monedascomo estas con un sello faraónico que les voy a estampar encima. Y al que no me las entregue, le doy 100 latigazos, le corto la cabeza, le meto en un calabozo, etc. etc. ¡Y ay del que se le ocurra falsificarlas!” El Estado acaba de establecer un impuesto, haciendo uso, de nuevo, de su capacidad coactiva. (Cómo el Estado llega a tener y mantener su capacidad coactiva, e incluso a conseguir que los individuos la perciban como legítima, es una pregunta muy interesante que le dejamos a los politólogos, y así están entretenidos.) Llega junio, y el Faraón ya no “obliga” a nadie a ir a trabajar en sus Pirámides. En su lugar, dice: “voy a pagar 100 monedas a quien venga a trabajar en las Pirámides”. Todo el mundo va, igual que cuando que se les obligaba directamente. ¿Por qué los individuos demandan estas piezas de cobre sin demasiado valor por sí mismas (supongamos que el cobre estaba tirado de precio por facilitar el argumento)? ¿Por qué tiene valor la moneda en primera instancia? Es evidente que porque las necesitas para que no te den 100 latigazos o te hagan algo que no te va a gustar un pelo. Esta es la causa primera del valor de la moneda, la que pone en marcha toda una serie de procesos económicos. Los impuestos son la causa de que la moneda tenga valor. La moneda se convierte en medio de pago generalizado.

Ahora imaginemos que al Faraón no le hace falta contratar a todo el mundo en verano, con contratar a la mitad de la población piensa que le basta y le sobra. Anuncia que va a pagar 200 monedas por pasarse el verano construyendo Pirámides. Pero, ¿para qué querrían los trabajadores más de 100 monedas, que es lo que tienen que pagar al final del año? No es difícil darse cuenta de que la mitad de la población que no ha sido contratada por el Faraón estará deseosa de hacerse con las 100 monedas que tienen que pagar al final del año, y ofrecerán bienes y servicios a quien tenga monedas. Los trabajadores de las Pirámides se dan cuenta de este hecho, y aceptan contentos las 200 monedas porque saben que luego las pueden usar para comprar cerveza, tomates, ropa bonita o lo que les de la gana cuando vuelvan a casa. Pronto, todo el mundo sabe que las monedas del Faraón no solo te sirven para pagar los impuestos, sino también para comprar bienes y servicios. De este modo, la moneda del Faraón se ha convertido en medio de pago también en el seno del sector privado. La gente ahorra, el Estado incurre en déficit Además de albañiles, el Faraón empieza a contratar escribas y funcionarios. Aumenta así el gasto público. Al final del año reflexiona y cae en la cuenta, con cierta perplejidad, de que con el aumento del gasto público la gente ha aceptado más monedas de las necesarias para pagar impuestos. ¿A qué se deberá este extraño comportamiento de la gente? ¿Para qué querrán más monedas? La respuesta es: el deseo de ahorro. Los individuos del sector privado han pensado, por ejemplo: “¿y qué pasa sin un año pillo una enfermedad y no puedo trabajar? ¿cómo pagaré mis impuestos? ¿cómo compraré comida y ropa? Más vale que acumule unas cuantas monedas por si acaso”. Han ahorrado. E, inversamente, el Estado ha gastado (metido dinero en el sector privado) más monedas de las que ha recaudado en impuestos (sacado dinero del sector privado).

¿Y a esta diferencia entre lo gastado y lo recaudado cómo se la llama? Déficit público. El déficit público equivale al ahorro privado ¿Ya no parece tan malo el déficit, verdad? En cambio, según la doctrina económica convencional que ha penetrado en la opinión popular, los déficits públicos son malos. Como mucho, quizá en tiempos de crisis se puede tener algún año más déficit, pero luego hay que compensar esos “excesos” con años de superávit (o, como mínimo, de presupuesto equilibrado, es decir, que se recaude tanto como se gasta), porque si no al final “se acaba el dinero”. Algo así tenía en mente el ministro de finanzas holandés, Wopke Hoekstra, cuando pidió recientemente que se investigará a España e Italia por no haber ahorrado durante los años de recuperación y así tener dinero ahora para afrontar la crisis del Coronavirus, en lugar de andar mendigando indignamente a las hormiguitas ahorradoras del norte. Sin embargo, según la más elemental lógica (da hasta un poco de vergüenza tener que llamar a esto Teoría Monetaria Moderna, como si fuera algo pomposo y sofisticado), es justo al contrario, como se deduce fácilmente de lo que acabamos de explicar: los superávits públicos solo son posibles si antes ha habido déficits.

Imaginemos que el Faraón pretendiera el primer año que introdujo la moneda tener un superávit, es decir, recaudar más monedas de las que “gasta”. De inmediato se capta que esta idea es absurda. Las monedas las crea el Faraón, así que ¿cómo va a recaudar más de las que ha gastado? Falsificadores aparte, es imposible. Solo cuando haya incurrido en déficit algún año, podrá en años ulteriores recaudar más de lo que gaste, a costa de reducir el ahorro privado acumulado por esos déficits pasados. Dos grandes conclusiones en este apartado: 1. El Estado puede, hasta cierto punto, gastar más de lo que recauda, es decir, puede incurrir en déficit, porque en general la gente va a aceptar ese dienero extra por su deseo de ahorro. Hasta qué punto puede gastar más de lo que recauda, y si es deseable hacerlo por sus consecuencias, es otra cuestión y muy complicada, que dejo fuera en esta fábula introductoria. 2. El déficit del Estado equivale al ahorro neto del sector privado, y el Estado solo puede tener superávit retirando los ahorros del sector privado que se han acumulado como resultado de déficits pasados. Comentario final sobre la naturaleza del dinero En comparación con un Estado que se provee usando la coacción directa, un sistema monetario es más fluido, flexible y eficiente en muchos aspectos. Además, como a Warren Mosler le gusta señalar, “nos gusta fingir que somos más civilizados” que un Faraón que coge a la gente y la obliga a trabajar en las Pirámides. Esta es una característica conocida del capitalismo: las relaciones basadas en el poder y la coacción aparecen un tanto ocultas bajo un barniz de engañosa libertad; parece que la gente hace las cosas porque quiere, parece que los obreros de las Pirámides escogen libremente trabajar a cambio de un sueldo, no como cuando el Faraón los moviliza direcatmente como si fueran esclavos. Hasta cierto punto, se puede argüir que sí que es un sistema más libre, pero evidentemente la coacción sigue jugando un papel fundacional e ineludible. Un sistema monetario en parte es y en parte tiene la apariencia de ser más legítimo y libre. Es interesante que los Estados siguen empleando la coacción directa en algunas situaciones. Por ejemplo, el servicio militar obligatorio y el reclutamiento forzoso en caso de guerra. Actualmente, con el Estado de alarma, el Estado español también se reserva la posibilidad de “imponer [a los ciudadanos] la realización de prestaciones personales obligatorias imprescindibles”.

En conclusión, el dinero es una creación del Estado, y su naturaleza es más bien ser una relación social y política que una cosa. Su valor se origina y se basa en la capacidad del Estado para poner impuestos, es decir, en su capacidad coactiva. Como lo único seguro en la vida es la muerte y los impuestos, hay una seguridad bastante razonable de que la moneda seguirá teniendo valor y aceptación en el futuro, lo que la convierte en un medio apropiado para el ahorro. El Estado no necesita recaudar impuestos para conseguir dinero. El dinero lo crea el Estado y luego lo recauda. Lo que el Estado necesita es poner impuestos para que tú quieras el dinero que él crea a coste prácticamente 0. El Estado, por tanto, no está limitado financieramente, no tiene que buscar el dinero antes de poder gastarlo; lo que lo limita es la demanda de dinero por parte del sector privado. Y, como hemos visto, como el sector privado tiene un deseo de ahorro considerable, aparte de sus obligaciones fiscales, esta limitación es mucho menos restrictiva que la anterior, lo que explica que los déficits sean posibles.

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