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Un marco analítico general para el análisis de divisas y otras mercancías. Parte 4/5

Warren Mosler y Mathew Forstater

Este artículo es el cuarto de una serie cuyas entregas anteriores se pueden encontrar en los siguientes enlaces.

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Balance fiscal

Desde el inicio, el Estado debe gastar o proporcionar lo que sea necesario para pagar impuestos. Y, a todos los efectos prácticos, el sector privado estará dispuesto a obtener más unidades monetarias del Estado a cambio de bienes y servicios reales que el mínimo requerido para saldar su obligación tributaria actual. Las unidades monetarias adicionales acumuladas se denominan ahorros netos del sector privado de activos financieros denominados en la unidad de cuenta. Anteriormente hemos usado el término H (afn) (Mosler, 1997-98). Esto es análogo a que el sector privado compre del agricultor una cantidad de maíz mayor que la necesaria para su consumo corriente.

Si el Estado (o el agricultor) no ofrece proporcionar la cantidad deseada por el contribuyente (o consumidor), existe, por definición, una escasez. La actividad horizontal no puede proporcionar ninguna acumulación neta. Un deseo colectivo en el sector privado solo puede resolverse en el componente vertical. Como argumenta Moore (1988), solo el banco central puede resolver un desequilibrio de reservas. De manera similar, Keynes demostró que, excepto en el improbable caso de un “accidente”, los ahorros netos reales y deseados solo serán iguales en el pleno empleo “por diseño”, es decir, el Estado debe tener un déficit presupuestario (Keynes, 1936, p. 28).

Esto no quiere decir que la actividad horizontal no pueda efectuar un cambio en el deseo de ahorro neto. Por ejemplo, un aumento en el precio del maíz en el mercado de futuros debido a una escasez ciertamente podría reducir el deseo de ahorrar maíz. El mercado del maíz puede estabilizarse a un precio más alto. Dicho equilibrio ocurre cuando el ahorro neto real de maíz es igual al ahorro neto deseado de maíz. Del mismo modo, una reducción en el gasto deficitario del Estado podría dar lugar a una deflación que se estabilizaría cuando los precios cayeran lo suficiente como para que los agentes del sector privado redujeran su deseo colectivo de ahorro neto y realizaran compras, ya sea gastando ahorros netos o incurriendo en nueva deuda.

El componente horizontal es un apalancamiento de un componente vertical. Esto implica una sensibilidad de precios a los cambios de oferta y demanda que pueden originarse en el componente vertical. Los cambios en el balance fiscal son análogos a los cambios en la cosecha esperada o en la producción de la mina. Los cambios en los impuestos son análogos a los cambios en la demanda de consumo. El balance fiscal ocurre solo cuando el Estado ejecuta una política fiscal que permite que H (afn) sea igual a H (afn) deseada (Mosler, 1997-98). Con la mayoría de los otros productos básicos, el mercado puede mantener este equilibrio. Los cambios de precios son continuos a medida que los inventarios aumentan y disminuyen para los diversos productos.

La moneda del Estado, sin embargo, es un caso de un único proveedor. Por lo tanto, debemos buscar otros ejemplos de proveedores únicos para obtener una analogía más precisa en cuanto a los procesos que equiparan el ahorro neto real y el deseado. Un ejemplo puede ser un monopolista del agua con un suministro ilimitado y sin un costo marginal de producción. En este caso, sería en un área donde no hay otro suministro disponible y una población suficientemente cautiva.

La teoría microeconómica reconoce que este único proveedor del agua necesaria establecería un precio para el agua y luego dejaría que la población comprara tanta como quisiera a ese precio. Un precio más alto tal vez reduciría las ventas, y un precio más bajo puede aumentar las ventas, dependiendo de la elasticidad de la demanda. Algunos de los cambios en las ventas se deberían a cambios en el agua retenida en las instalaciones de almacenamiento, y algunos debido al consumo discrecional, como bañarse. La cantidad vendida y utilizada para beber, por ejemplo, podría ser menos elástica que la vendida para lavar autos. Pero en cualquier caso, el proveedor único del agua probablemente no elegiría una estrategia alternativa para vender una cantidad fija de agua y dejar que el mercado decidiera el precio. Si lo hiciera, sería una situación muy difícil de manejar. Dependiendo de la elasticidad, fijar la cantidad un poco demasiado alta podría causar una gran caída en el precio, y fijar la cantidad un poco demasiado bajo podría causar un fuerte aumento en los precios. Y, a medida que el clima y la demanda cambiaran, la volatilidad podría ser alta, particularmente si los litros deseados en las instalaciones de almacenamiento estuvieran sujetos a esperanzas y temores cambiantes. De hecho, incluso si el monopolista del agua se dispusiera a presupuestar la cantidad de litros que deseara vender, y dejara que el mercado decidiera el precio, es probable que pronto cambiara de política. Un precio vertiginoso probablemente resultaría en un aumento en la cantidad ofrecida para la venta, y una caída en el precio podría resultar en una disminución en la cantidad traída al mercado. En cualquier caso, el monopolista probablemente terminaría comportándose como un fijador de precios. Solo en caso de perder la condición de proveedor único, se erosionaría su posición del fijador de precios.

En el caso del Estado como proveedor único de su moneda de emisión, el Estado está en la posición de establecer el precio de su moneda. Puede establecer unilateralmente los términos de intercambio que ofrecerá a quienes buscan su moneda. Irónicamente, ningún Estado actualmente parece reconocer esto. Por el contrario, los estados actúan como si estuvieran compitiendo con otros compradores cuando realizan compras con su propia moneda. Están convencidos y actúan como si tuvieran que aumentar los ingresos mediante impuestos o préstamos para financiar el gasto. Han elegido la opción de establecer la cantidad de su moneda que desean gastar a través de un proceso de presupuestación, y luego intercambiar esa moneda a precios de mercado por los bienes y servicios deseados. Al igual que el monopolista del agua, gastar demasiado elevará los precios (reducirá el valor de la moneda) y gastar muy poco desencadena una deflación (aumentará el valor de la moneda). Además, no existe una “cantidad correcta” a largo plazo, ya que el deseo (mundial) de ahorro neto puede cambiar constantemente. De ahí que la NAIRU fluctúe, lo cual anula en la práctica casi completamente la validez de este concepto.

La otra opción práctica para el Estado, como proveedor único de su moneda, si desea mantener una economía de mercado, es administrar una reserva de amortiguación. El oro ha cumplido tradicionalmente este papel. El Estado establecía el precio al que compraría o vendería oro, y luego realizaría una política monetaria y fiscal de tal manera que las existencias amortiguadoras siguieran siendo creíbles. Graham (1937) hace mucho tiempo propuso que otros productos distintos al oro podrían cumplir una función similar. En “Plena empleo y estabilidad de precios”, se presentó la opción de utilizar mano de obra como stock de reserva del Estado (Mosler, 1997-98). Claramente, cuando se gestiona una reserva de amortiguación, las compras realizadas al precio designado no son inflacionarias. Previenen la deflación por debajo de ese nivel. Tampoco las ventas de existencias de amortiguación son deflacionistas. Más bien, sirven para inhibir la inflación.

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