Opinión

TRAIDORES

Carlos García
Escrito por Carlos García

Publicado originalmente en El Común el 4 de junio de 2020

Hace aproximadamente 5000 años, un pueblo sabio de oriente próximo decidió construir este triángulo sociológico: poder central, propietarios y productores. Así fue como la humanidad pasó del paleolítico al neolítico. Y la vida mejoró.

Las estructuras tribales de los cazadores-recolectores no eran adecuadas para la nueva vida. La agricultura y la ganadería habían sido descubiertas y los asentamientos se habían convertido en permanentes. Esto dio lugar a la división del trabajo, a los oficios y al comercio: un verdadero lío. Los acuerdos comerciales eran complicados y peligrosos. No había manera de garantizar su cumplimiento, ni ningún medio para realizar pagos precisos. Nunca supieron con exactitud cuántas ovejas valía una vaca, ni cuánta cebada equivalía a una azada. Necesitaban un medio para organizar y cohesionar la nueva sociedad. Después de pensar mucho y de muchos experimentos fallidos, encontraron la solución: la deuda. Así nacieron la escritura y los números. La vaca pasó a representarse por símbolos, y lo mismo pasó con las ovejas, con las azadas y con la cebada.

Entonces construyeron un palacio que hacía las veces de banco central. Dentro pusieron a un rey y a una corte. Y construyeron una gran pizarra. Solo los escribas de la corte, después de aprender en palacio el arte de la escritura y de la aritmética, podían escribir en ella. Allí se registraban las deudas de los ciudadanos en función de la deuda que solo podía emitir el palacio. Así se resolvió el lío. Las vacas, las azadas, la cebada, las ovejas y el resto de bienes y servicios del país pasaron a tener un precio expresado en unidades de deuda del palacio.

Fue entonces cuando nació el mercado. Allí se ponían a la venta los productos del país en unidades de deuda del palacio. La deuda del palacio pasó a ser la moneda nacional. Solo el palacio podía emitirla, por tanto el palacio podía comprar todo lo que se vendiera en el mercado. Para que la moneda tuviera valor, el palacio decidió que para acceder al mercado todos los vendedores debían pagar un impuesto en la deuda que el propio palacio emitía. Esto no lo hacía para financiarse, ya que no podía quedarse sin la moneda que solo él emitía, sino para evitar que los precios del mercado se dispararan y se creara un fenómeno al que llamamos inflación.

Por tanto, solo el palacio podía imponer impuestos y solo el palacio podía emitir el dinero para pagar dichos impuestos. Se crearon las primeras ciudades, los oficios y los productos a la venta se multiplicaron, nació la ciencia de la astronomía para planear las cosechas, en palacio se empezó a enseñar la manera de calcular el interés compuesto y nacieron las matemáticas, las grandes obras públicas, los hospitales y las escuelas. La industria primaria era dominante, pero a su lado también existía una pequeña industria secundaria y terciaria. Y también nació la corrupción.

Los emisores de deuda del palacio (el propio rey, la familia real, los funcionarios, los templos, etc.) seguían manteniendo relaciones personales con el resto de la sociedad. Debido a esas relaciones, se empezaron a producir transferencias de moneda desde el palacio a una minoría que comenzó a acumular grandes cantidades de dinero. Así nacieron los prestamistas y usureros, siempre atentos a “ayudar” a los ciudadanos que, bien por accidentes, bien por desgracias como enfermedades o catástrofes naturales, o bien por errores vitales, no podían hacer frente a sus deudas. Los usureros les prestaban dinero con intereses. Al referirse a Babilonia en su libro “…and forgive them their debts”, el economista Michael Hudson escribe que allí descubrieron “la dinámica básica de la deuda: acumularse y entrometerse cada vez más en la economía, absorber los excedentes y transferir la tierra e incluso la libertad personal de los deudores a los acreedores”.

Al principio, los tres vértices del triángulo sociológico estaban compuestos en muchos casos por las mismas personas. El cabeza de familia de una familia de productores era a su vez propietario de una parcela de tierra y los miembros del palacio (incluido el rey) se extraían de la ciudadanía normal. Poco a poco, los vértices fueron congregando a personas que solo pertenecían a uno de los vértices, y así nacieron las clases sociales: la aristocracia o clase gobernante emisora de moneda en palacio, los propietarios de los medios de producción y los trabajadores desposeídos.

Esta tensión se mantiene hasta nuestros días. Muy poca gente lo comprende. Sin embargo, la sociedad no se puede entender sin uno de los tres vértices porque si uno de los tres vértices desaparece los otros dos no tienen sentido. Por eso las oligarquías financieras llevan intentando desde la edad de bronce arrebatar a los gobiernos la potestad de emitir moneda nacional. Si, como hemos visto, las ventajas que conlleva el paso del paleolítico al neolítico justifican la creación de un gobierno emisor de moneda nacional, ¿por qué existe desde entonces una pequeña oligarquía financiera y una mayoría que está dispuesta a trabajar para dicha oligarquía? En otras palabras, ¿por qué existen empresarios y por qué existen trabajadores? ¿Por qué hay personas que quieren ser propietarios de empresas y personas que quieren trabajar en ellas? Solo existe una respuesta para estas preguntas: por dinero. No obstante, el dinero solo lo emiten los estados, por tanto quien controla al estado controla la emisión de dinero y también gestiona el objeto de deseo tanto de trabajadores como empresarios.

El estado (el palacio) primero gasta el dinero que crea para abastecerse en el mercado de todo lo que necesita. Ese dinero lo acumulan las empresas en forma de beneficios y los trabajadores en forma de salarios. Una parte lo destinan al pago de impuestos y el resto lo destinan a abastecer sus propias necesidades en el mercado. Sin uno de los tres vértices, el resto no se entiende.

Es difícil saber en qué momento de la historia esto cayó en el olvido, pero lo cierto es que al llegar la Ilustración ya se había instalado la gran mentira en la que vive gran parte de la población actualmente. Esta gran mentira (también conocida como neoliberalismo) es la siguiente: el estado necesita recaudar impuestos o endeudarse para poder gastar.

En este error cayeron Kant, Hegel y Marx. El primero (precursor del neoliberalismo) y el tercero (precursor del comunismo) fueron genios. Hegel fue un charlatán que confundió a Marx.

Para Kant, el dinero “no tiene […] más utilidad (o al menos no le es lícito tenerla) que la de servir meramente al tráfico del trabajo de los hombres”. Kant demuestra no entender que el dinero es una creación del estado y que por tanto el mercado (el lugar de intercambio de productos por dinero) es posterior a la creación del estado. Este error de Kant lo utilizó F. A. Hayek, un verdadero enemigo de la humanidad, para decir que “la ley, el lenguaje y el dinero son los tres paradigmas de instituciones que surgen espontáneamente”. Hoy sabemos que el dinero no surgió en absoluto espontáneamente, sino solo en un sitio muy determinado y con las utilidades civilizadoras que hemos descrito anteriormente. Sin embargo, Kant (y luego Hayek) consideran que dichas utilidades son ilícitas. La lucha de la oligarquía golpista nacida en Babilonia empeñada en usurpar al estado la capacidad de creación de dinero llega así hasta nuestros días en la figura de Hayek, quien dijo estar convencido “de que no volveremos a tener dinero decente si no arrebatamos al gobierno el monopolio de la emisión de dinero”. Su golpismo en favor de las oligarquías financieras le hizo convertirse en asesor de Pinochet y decir que “prefiero un dictador liberal que un gobierno democrático que no sea liberal”.

Por su parte, Marx tampoco entendió el triángulo sociológico y estableció la lucha de clases como la tensión de los intereses encontrados de la burguesía y de los trabajadores, olvidándose con ello del estado emisor de moneda. Por eso, al analizar la cuestión del salario dice que “el salario está determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero” y no cita al estado, que en calidad de emisor monopolista de moneda nacional puede adquirir todo aquello que esté a la venta en dicha moneda, incluido el trabajo ofrecido por el obrero. A Marx le puede la jeringonza hegeliana que al analizar la relación entre el señor y el siervo establece una interacción meramente espiritual según la cual el uno y el otro aceptan su estado porque se necesitan para tener sentido en el esquema general del espíritu (como si el siervo no trabajara para el señor por un dinero o un bienestar material que no encontraría en otra parte).

En la antigüedad hubo grandes gobernantes que se opusieron a las oligarquías. Los podemos encontrar en los edictos de Hammurabi y de Solón, así como en los evangelios. Su mensaje fue el jubileo, el perdón de las deudas ilegítimas o que por su propio diseño no se pueden pagar. Hoy más que nunca necesitamos a dichos gobernantes. El nivel de acumulación de las oligarquías actuales les está permitiendo condenar a los trabajadores a una servidumbre similar a la que se produjo en el mundo antiguo. Desde entonces sabemos que eso debilita a los estados y les condena a su caída. Por eso colapsaron Roma, Atenas y Babilonia. La Unión Europea sigue sus pasos.

La Comisión Europea le va a presentar al Gobierno de España un Plan de Recuperación. A cambio de un rescate financiero insuficiente, a España se le van a imponer recortes y privatizaciones que van a condenar al país a un empeoramiento inaceptable del desempleo, de los servicios públicos y de la miseria. El PSOE lo va aceptar gracias al poder que la oligarquía ejerce a través de la ministra Calviño. Podemos e IU (y por tanto el PCE), en vez defender la recuperación la soberanía monetaria y el abandono de la UE, también lo van a aceptar. Traidores.

Euro delendus est.

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