Editorial Opinión

La última divisa colonial de África: la historia del franco CFA

Stuart Medina
Escrito por Stuart Medina

Sin soberanía monetaria efectiva ningún estado puede desarrollar políticas económicas que permitan la acumulación de capital y el pleno empleo de recursos y trabajadores.

 Tchundjang Pouemi.

En el año 1958 el General De Gaulle aterrizó en Conakri para explicar su proyecto de Comunidad francoafricana de naciones. Ese año debían organizarse referéndums en las colonias francesas en las que se plantearían dos opciones: pertenencia a la Comunidad o independencia. Quienes desafiaran a la metrópoli perderían toda posibilidad de recibir la ayuda o la colaboración francesas. “Independícense si quieren pero asuman las consecuencias”. Ahmed Sékou Touré, antiguo líder sindical, alcalde de Conakri, diputado en la Asamblea Nacional Francesa y vicepresidente del Consejo de Gobierno de Guinea tuvo la osadía de plantarse ante el general que había luchado por la libertad de Francia pero que al parecer no tenía ningún reparo en mantener bajo un dominio neocolonial a gran parte del continente africano. El dirigente africano respondió

no renunciamos ni renunciaremos jamás a nuestro legítimo y natural derecho a la independencia. Preferimos ser pobres en la libertad que ricos en la esclavitud.

De Gaulle lo tomó como una ofensa y Francia se tomaría su venganza.

En el referéndum el 95% de los guineanos votaron independencia, siendo la República de Guinea el único que tomó ese camino entre los nuevos estados africanos. Sékou Touré además decidió aproximarse a la URSS y China y países no alineados como Egipto. Guinea procedió a establecer su propio banco central y crear su nueva divisa. Los servicios secretos franceses no podían tolerar la afrenta y lanzaron la Operación Persil. En sus imprentas se imprimieron copias de los nuevos billetes guineanos y se inundó el país con dinero falsificado para desestabilizar la economía. Acompañada esta treta de otras maniobras contra ella, la economía guineana colapsó y nunca llegó a recuperarse. Francia y Guinea Conakri rompieron relaciones diplomáticas en 1965 y no las restablecieron hasta 1975. Guinea sin embargo se mantuvo firme y no se reintegró a la zona del franco. Pero Francia consiguió que otros países escarmentasen en cabeza ajena.

Esta historia y otras represalias francesas contra los países africanos que osaron enfrentarse a la hegemonía africana se recogen en Africa’s last Colonial Currency: The Story of the CFA Franc, un magnífico libro de Ndongo Samba Sylla y Fanny Pigeaud, que nos explica en detalle la historia monetaria reciente de los países africanos sometidos antiguamente al poder colonial francés.

La opinión pública española ha oído hablar de la Unión Monetaria Europea pero quizá ignore que, de facto, integran esta unión monetaria los países africanos que antiguamente fueron colonizados por Francia. Existen dos uniones monetarias en África, la Unión Económica y Monetaria de África Occidental (UEMOA) integrada por Senegal, Togo, Benin, Burkina Fasso, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Mali y Níger y la Comunidad Económica y Monetaria de África Central (CEMAC) que abarca a Camerún, Chad, Gabón, Chad, la República Centroafricana, la República del Congo y la antigua colonia española Guinea Ecuatorial. Ambas uniones económicas y monetarias cuentan con sus bancos centrales, en cuyos consejos se sientan representantes del Tesoro Francés, que emiten su respectivo franco CFA. El mismo acrónimo pero CFA en la UEMOA significa Comunidad Financiera Africana y Cooperación Financiera en África Central. El acrónimo se heredó del primitivo Colonias Francesas de África lo cual nos da pistas acerca de la función contemporánea de ambos francos CFA.

Miembros de la UEMAO y de la CEMAC

Tomado de Wikipedia

 

Los estados africanos alcanzaron su independencia política de sus antiguos amos coloniales europeos entre los años 60 y 70 pero Francia consiguió mantener su hegemonía en sus antiguas colonias con el diseño de una divisa que sobre todo sirve a sus intereses económicos.

Sylla y Pigeaud nos guían a través de la historia de la introducción de la moneda francesa en sus colonias y el establecimiento del franco CFA como mecanismo para asegurar que una Francia debilitada tras la Segunda Guerra Mundial pudiera retomar el control de sus colonias. Se creó con un tipo de cambio sobrevalorado respecto al franco metropolitano que favorecía sus exportaciones y dificultaba el desarrollo de industrias locales.

Tras narrar los aspectos más turbios de las represalias francesas contra las naciones que se atrevían a salirse del guion que les marcaba la metrópoli, los autores nos explican los cuatro principios sobre los que se asientan estas uniones monetarias.

  1. Libre movimiento de capitales;
  2. Tipo de cambio fijo con el euro pese a que la paridad vigente quizá no sea la más conveniente para la competitividad de esos países.
  3. Convertibilidad con el euro que cuenta con la garantía de Francia. Pero para cambiar francos CFA por otras divisas primero hay que convertir el importe a euros.
  4. Centralización de las reservas de divisas. Los países miembros de la UEMOA y de la CEMAC tienen que depositar gran parte de sus reservas de divisas que obtienen por exportaciones en el Tesoro de la República Francesa.

Todas las operaciones de compensación internacional de pagos se deben realizar a través de una cuenta de operaciones que controla el Tesoro francés. En esta cuenta se depositan también las reservas de divisas de los estados miembros de la CEMAC y la UEMOA. De esta manera Francia se asegura el control del sistema monetario. La convertibilidad que garantiza Francia queda vacía de contenido puesto que tiene capacidad de imponer acciones correctoras previas que podrían implicar su activación.

Sylla y Pigeaud nos explican cómo el sistema mantiene a Francia al timón de un sistema monetario al servicio de sus intereses económicos en África (Françafrique). Francia devalúa las divisas africanas cunado le conviene sin tener en cuenta las consecuencias para los países afectados para eludir su compromiso de sostener el tipo de cambio con el euro. En definitiva su garantía es un brindis al sol sin consecuencias prácticas. Francia entra en la unión monetaria europea arrastrando a los países africanos que ahora se encuentran en la zona euro compartiendo su divisa con países mercantilistas como Alemania lo cual socava su competitividad. Francia impone sus acuerdos a la zona euro y, a la vez, los países africano acaban padeciendo un diseño institucional que es calco del de la zona euro –bancos centrales independientes, condiciones de convergencia, comiteés de convergencia de la zona franco– pero sin las mínimas apariencias de soberanía democrática que intentan presentarse a los países europeos.

Nos aclaran también por qué obstaculiza el desarrollo económico de los países africanos por ejemplo dificultando sus exportaciones, impidiendo el desarrollo de mercados de crédito locales y los procesos de acumulación de capital o el desarrollo de políticas públicas de desarrollo que permitan movilizar plenamente sus recursos económicos. Los autores concluyen analizando un status quo que es insostenible pero que, como podíamos sospechar por nuestra experiencia en España con el euro, cuenta con numerosos valedores —economistas, organismos multilaterales, elites oligárquicas— que lo respaldan con manidos argumentos sobre las ventajas de la estabilidad monetaria. Estos argumentos por supuesto ignoran la estabilidad que de verdad importa: la de los hogares africanos que ven cómo, década tras décadas, sus proyectos vitales quedan cercenados por el subdesarrollo condenando a muchos a buscarse la vida fuera de sus fronteras. El hecho de que estos países sean gobernados por regímenes con dudosas credenciales democráticas, sobre cuyos dirigentes Francia puede en cualquier momento aplicar la amenaza de sacar dosieres confidenciales, facilita también la perpetuación de un sistema monetario que claramente no beneficia a la población y que debe ser superado.

Como alternativas contemplan una unión monetaria auténticamente africana o una ruptura en monedas nacionales manteniendo un espíritu de colaboración entre los estados.

¿Por qué es importante hablar del sistema monetario africano? El economista Bernard Lietaer relató que en cierta ocasión, el Nobel Paul Krugman le hizo el siguiente consejo profesional:

–¿Nunca te dijeron? Nunca toques el sistema monetario…puedes tocar todo los demás, pero nunca toques el sistema monetario. Puedes despedirte del Nobel…si tocas el sistema monetario.

Hablar de sistemas monetarios molesta a las élites. Es demasiado incómodo.

La soberanía monetaria no es una cuestión trivial y, sin embargo, la mayoría de los economistas lo tratan cómo un tabú. Si vive Vd. en un estado que ha renunciado al pleno ejercicio de su soberanía monetaria pregúntese por las causas, quién sale ganando y quién sale perdiendo, quiénes lo justifican como si fuera un bálsamo de fierabrás para todos los males patrios porque aporta “estabilidad” y, sobre todo, si de verdad su estado está garantizando un nivel de vida digno y oportunidades para su ciudadanía. Son preguntas demasiado importantes como para pretender que el sistema monetario es una cuestión que debe dejarse en manos de los expertos.

Con una magnífica introducción del economista Bill Mitchell, este libro se encuentra en lengua inglesa, publicado por Pluto Press, y en francés con el título L’Armé Invisible de la Françafrique, Un histoire du franc CFA, publicado por Éditions La Découverte

 

 

 

 

 

Fanny Pigeaud es una periodista independiente que colabora habitualmente con Médiaparte y cubre temas africanos y sobre las relaciones francoafricanas. También es autora del libro A Decade of Cameroon (Brill, 2019).

Ndong Samba Sylla

El Dr. Ndongo Samba Sylla es un economista Senegalés especializado en economía del desarrollo. Ha trabajado como asesor técnico de la presidencia de la República de Senegal. Actualmente es un gestor de un programa de investigación en la oficina de África Occidental de la Fundación Rosa Luxemburgo en Dakar. Sus publicaciones abarcan temas tales como el comercio justa, los mercados de trabajo en países en vías de desarrollo, los movimientos sociales, la teoría democrática y la soberanía económica y monetaria.

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