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La teoría monetaria moderna: economía al servicio del interés general (I)

Stuart Medina
Escrito por Stuart Medina

El neoliberalismo, una ideología financiada por las oligarquías

La constitución que inauguró el régimen del 78 fue el texto crepuscular de la era keynesiana. Negociada con numerosas renuncias de la izquierda, su texto paradójicamente tiene una inspiración socialdemócrata en los aspectos del ordenamiento económico. Para nuestra desgracia el período democrático coincidió con el del auge del pensamiento neoliberal. Desde el día en que el Volker Fund financió a Friedrich August von Hayek para que se hiciera un hueco en una Universidad de Chicago que se negaba a contratarlo empezó a gestarse en los think tanks esta ideología a la medida de los superricos y las grandes corporaciones. En 1973 se había producido el golpe de estado de Chile que dio a los Chicago Boys, formados bajo el pupilo de Hayek, Milton Friedman, la oportunidad de usar su país como cobaya para sus políticas desreguladoras. En 1979 salía elegida Margaret Thatcher como primera ministra británica y en 1981 Ronald Reagan como presidente de los EEUU. Las instituciones multilaterales como el FMI, el Banco Mundial o la Comunidad Económica Europea ya habían sido capturadas por el pensamiento neoliberal hacía tiempo. Por aquellos años los partidos socialdemócratas habían iniciado la renuncia a sus señas de identidad. En Francia el Partido Socialista en el poder desde 1981 y en España el PSOE, que ganó las elecciones de 1982, transitaron a un neoliberalismo con barniz “progresista”.

Hay que reconocerle al pensamiento dominante un éxito ideológico absoluto. LIBERALIZACIÓN, GLOBALIZACIÓN y CAPITALISMO, los españoles de esta generación no han conocido otra política económica. Cualquier otra opción era “populismo”; oponerse a la fatal tríada neoliberal era negar la modernidad. El caso español quizás sea paradigmático porque en pocos países se ha observado una sumisión tan completa a esta ideología disfrazada con ropajes técnicos.

El neoliberalismo trató de presentarse como la única respuesta posible al shock de oferta causado por la subida de los precios del petróleo. Una generación de mediocres economistas que había olvidado las lecciones de la gran depresión, apoyados por oligarquías capitalistas y unas clases políticas cada vez más elitistas, aprovecharon la ocasión para impugnar el ciclo keynesiano iniciado tras la Segunda Guerra Mundial y volver a rancias recetas liberales.

Hoy podemos afirmar que este ciclo ha representado un desastre para las clases medias y trabajadoras. Esto resulta más evidente desde la crisis financiera global iniciada en 2007 pero habría bastado mirar la evolución de los datos estadísticos a lo largo de estas cuatro décadas para darse cuenta. El abandono de las políticas de pleno empleo universalmente aplicadas en los países avanzados hasta los años 70 fue tóxica para España. La última vez que hubo algo cercano al pleno empleo fue en 1975. El desastre social del desempleo se refleja en unas tasas de desigualdad crecientes. Si empleamos el coeficiente Gini resulta que España tiene la sociedad más desigual entre todos los estados de Europa Occidental.

El neoliberalismo ha utilizado la eficiencia como su gran eximente de responsabilidad. Pero seamos justos: este período se ha caracterizado por bajos niveles de inversión en equipamiento y una concomitante reducción de la tasa de crecimiento de la productividad en todo el mundo que lleva años intrigando a los economistas “mainstream”. El crecimiento de la productividad es importante porque nos permite mejorar nuestro nivel de vida trabajando menos. Resulta que el neoliberalismo ha conseguido solo lo segundo: dejar a la mitad de la población desocupada recortando el nivel de vida de los que retenían su puesto de trabajo. Y sin embargo la mayoría de los españoles, manipulados por los medios masivos de intoxicación y sus “respetables” dirigentes políticos, han aceptado el lapidario axioma de Thatcher «There Is No Alternative»–TINA,-“no hay alternativa”— porque primero hay que producir para repartir. ¿No dijo algo parecido Felipe González? Se trata de favorecer la inversión dando rienda suelta a los empresarios con la esperanza de que el crecimiento económico dejará caer migajas que llegarán a los de abajo (trickle down economics). 

Nos enfrentamos a uno de los mayores fraudes científicos de la historia. Sin embargo, durante este período la escuela económica neoclásica, en sus ramas monetarista y neokeynesiana (o escuela neoclásica regurgitada con toques accesorios del pensamiento de Keynes tales como la aceptación de rigideces), se comportó de forma deshonesta y acientífica, presentando patrañas tales como las expectativas racionales o la hipótesis de la eficiencia de los mercados. Estos señores tan ortodoxos y respetables han convertido la Economía en una pseudociencia tan válida y útil como la nefrología o la homeopatía. Una superstición que pone la economía al servicio de las oligarquías capitalistas.

La respuesta arrinconada

Aquellos economistas postkeynesianos que osaron cuestionar el paradigma vigente fueron silenciados o discretamente apartados de puestos de responsabilidad o incluso del mundo académico. La respuesta al paradigma neoliberal ha provenido de los márgenes del mundo académico, universidades de segundo rango, cuando no directamente de “intrusos” y “outsiders”. No resulta demasiado sorprendente que dirigentes como Zapatero, asesorado por economistas convencionales, se preguntara dónde estaban los de izquierdas y se excusara con que “nadie vio venir crisis”.

Esa afirmación es falsa, como nos recordaba Dirk Bezemer en un trabajo que repasaba a todos los economistas que habían advertido sobre la sostenibilidad de un modelo económico basado en la financiarización y el endeudamiento excesivo del sector privado (Bezemer, 2009), por cierto la mayoría de ellos poskeynesianos entre los cuales estaba uno de los principales exponentes de la teoría monetaria moderna, Randall Wray. Este autor y Wynne Godley, el gran economista poskeynesiando expulsado a los EEUU por los recortes de financiación de Thatcher a su grupo de Cambridge, ya advirtieron en un célebre trabajo que la expansión económica iniciada bajo el mandato de Clinton, bautizada como “ricitos de oro”, estaba sentenciada (Godley & Wray, 2000). Randall Wray nos recordaba en 2012 en un post todas las advertencias que realizaron sobre los fatales diseños de la moneda común europea (Wray, 2012). Mientras tanto Zapatero escuchaba a Jordi Sevilla quien le enseñaría economía en dos tardes. Un partido socialdemócrata “respetable” jamás habría escuchado a estos heterodoxos

Esta es su tarjeta de presentación. La teoría monetaria moderna (TMM), o neochartalismo, o teoría estatal del dinero, fue una de las escuelas de raigambre poskeynesiana que más certeramente advirtió de la inminente crisis financiera global. Sus aciertos predictivos demuestran que la TMM representa la respuesta más contundente y científicamente sólida al dogma neoliberal. 

Gracias a ello ahora los toman más en serio pero también podemos afirmar que la TMM aterra a las elites. Un exponente del pensamiento económico más conservador, Juan Ramón Rallo, no ha dudado en publicar no uno sino dos libros a modo de ataque preventivo para desacreditarla antes de que se nos ocurra conocerla a los españoles. Cuando se anunció que las economistas Stephanie Kelton y Pavlina Tcherneva asesorarían al candidato Bernie Sanders el columnista conservador de Forbes, Tim Worstall, aun aceptando que los postulados de la TMM eran ciertos, reconocía que le aterraban sus implicaciones políticas. (Worstall, 2015)

El dinero: esa cosa con la que se pagan los impuestos

Lo que revela la TMM es la realidad operativa del sistema monetario contemporáneo. Dado que éste artículo es el primero de una serie de colaboraciones con El Viejo Topo, por ahora baste con entender que el estado es el emisor en régimen de monopolio de la moneda. Esto quiere decir que, por definición, un estado nunca puede ser insolvente. La TMM nos obliga a entender este principio básico: LOS IMPUESTOS NO FINANCIAN AL ESTADO. Sirven para otra cosa. Su utilidad fundamental es crear demanda por el dinero que crea el estado. Por tanto, el estado dotado de soberanía monetaria no está constreñido financieramente; no necesita nuestro dinero para gastar. Esto no quiere decir que el estado pueda gastar sin límites. Lo que queremos decir es que se enfrenta a restricciones reales, es decir, está condicionado por las materias primas, la capacidad productiva instalada o el número de personas dispuestas a trabajar existentes en su territorio.

¿Puede un gobierno entonces volverse loco y gastar sin mesura? No, porque para eso contamos con procedimientos presupuestarios en los parlamentos que deben orientar el empleo de nuestros recursos en pro del interés general y con un sistema de rendición de cuentas. Por eso la TMM pone el énfasis en el papel crucial que debe desempeñar el procedimiento democrático.

La TMM también señala algo que resulta evidente para cualquiera que se tome la molestia de estudiar la contabilidad nacional con algo de detalle: el gobierno debe incurrir, salvo en contadas ocasiones, en un déficit presupuestario de forma permanente puesto que éste es equivalente al ahorro neto del sector no gubernamental. Por tanto la austeridad no solo es cruel, es además antinatural e inviable porque equivale a intentar retirar el dinero existente y además acabar con el ahorro neto del sector privado.

Estas enseñanzas son cruciales porque implican que la sociedad puede entonces determinar cuál es el uso socialmente más útil, eficiente y responsable de sus recursos. La sempiterna pregunta retórica con la que se boicotea todo intento del estado para resolver los grandes problemas sociales —“¿cómo piensas financiarlo?”— pierde su sentido. Siempre que existan recursos ociosos el estado puede emplearlos y si no están ociosos puede canalizarlos hacia el interés general mediante las políticas fiscales apropiadas. Yendo un paso más allá podemos empezar a debatir qué parte de los recursos debe quedar reservado al sector privado y cuál debe destinarse al interés general. Esto no quiere decir que postulemos suprimir el sector privado; pero al menos reconozcamos que el sector privado no puede operar si no es en simbiosis con el público.

Impuestos más eficientes

Desde la óptica TMM la funcionalidad de los impuestos adquiere otra dimensión. Además de darle valor a nuestra moneda sabemos que sirven para asegurar un reparto más equitativo de la renta y la riqueza en una sociedad capitalista que tiende inexorablemente a la concentración de la riqueza en pocas manos. Por ejemplo, los impuestos directos como el impuesto de la renta de las personas físicas o el impuesto de sociedades, deben retirar poder adquisitivo de las personas de mayor renta. ¿Por qué? Porque no está en el interés general que haya personas con un poder de compra desproporcionado que seguramente sustraerán del circuito productivo o hagan un uso ineficiente de los recursos.

La iniquidad del sistema fiscal español se confirma cuando vemos una desagregación funcional de los impuestos. El 53% de los impuestos recaen sobre el trabajo, mientras que solo el 23% recae sobre el capital y el 27% sobre el consumo. La progresividad de los impuestos exigida en la constitución ha sido cercenada desde que se introdujo el primer IRPF en el año 1979. El IRPF hace tiempo que dejó de cumplir la función redistributiva proclamada en la constitución. Resulta descorazonador comprobar que «con los dos partidos (PP y PSOE) el camino hacia la regresividad ha sido imparable (el PSOE le ha bajado 14,5 [Solchaga 12,5 y Solbes 2] puntos a las rentas más altas y el PP, 8 [Rato 5 y Montoro 3]; el PSOE les ha subido 14 [Solchaga 5 y Solbes 9] puntos el tipo a las rentas más bajas y el PP se lo ha bajado 5 [Rato 2 y Montoro 3]) hasta esta reforma por la crisis» (García Arencibia, 2012).

La paradójica ineficiencia de nuestro sistema fiscal reside en que, siendo España uno de los países con mayor tasa de desempleo, se impone una pesada carga sobre el empleo como si el estado quisiera desincentivar la contratación de trabajadores. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Simplemente se ha extendido la creencia de que era más eficaz desplumar a una gran masa de contribuyentes que perseguir a unos pocos individuos con grandes patrimonios ya que estos se volatilizarían si se les sometía a una tributación justa. La TMM nos permite entender que imponiendo un tipo marginal del 90% a las rentas que superen el primer millón de euros se conseguirá lo que se pretende: eliminar las retribuciones más escandalosas. No existe ninguna explicación de utilidad social para explicar que los futbolistas o los altos ejecutivos de los oligopolios obtengan rentas anuales superiores a varios millones de euros. ¿Encontrarán otras formas de extraer rentas eludiendo el pago de impuestos? Sin duda. Pero también podrían diseñarse impuestos más eficaces sobre signos externos de riqueza, como viviendas de tamaño desproporcionado, vehículos de gran cilindrada o joyas. Por cierto, ninguna de estas medidas dejaría al estado sin financiación puesto que no la necesita.

La tercera función de los impuestos desde la perspectiva de la TMM es informar a la sociedad del coste de determinadas actuaciones del estado. Las cotizaciones a la Seguridad Social que vemos en la nómina nos explican el coste del sistema de pensiones y de los programas de desempleo, formación de trabajadores y situaciones de invalidez transitoria. Como explica Bill Mitchell los «impuestos drenan poder adquisitivo y, por consiguiente, reducen la capacidad del sector no gubernamental de gastar. En este sentido, esta transparencia permite al sector no-gubernamental ver exactamente que ‘inyección de demanda’ (digamos gasto en autopistas) está remplazando la disposición sobre los recursos que hogares y empresas habrían tenido en ausencia de tales impuestos» (Mitchell, Don’t let neo-liberal (idiots) loose with a spreadsheet!, 2016). Los peajes sobre autopistas públicas no financian su construcción ni las cotizaciones a la Seguridad Social las pensiones de jubilación, simplemente dan este tipo de información al usuario de esas infraestructuras o al trabajador que participa en el sistema de cotizaciones. Pero es útil, para una buena gobernanza presupuestaria, que el usuario comprenda que se destinan cuantiosos recursos a su provisión.

Una última función de los impuestos es desincentivar determinadas actividades que pueden ser nocivas para la salud pública, el medio ambiente o generan otro tipo de costes para la sociedad. Se trata de conseguir una reasignación de recursos del sector privado hacia otros usos más beneficiosos para la sociedad apartándolos de aquellos que se consideran nocivos. Los impuestos especiales sobre las labores del tabaco o sobre el alcohol, o los impuestos sobre los combustibles que emiten gases de efecto invernadero son ejemplos de este tipo de impuestos. El estado podría demostrar su liderazgo en el cambio de modelo energético gravando pesadamente las actividades generadoras de gases de efecto invernadero y subvencionando energías más sostenibles. Sin embargo España mantiene una tributación ambiental ridícula: según datos de la AEAT en 2014 ascendieron a 1.625 millones de euros, apenas el 0,9% de los ingresos tributarios totales. Naturalmente si estos impuestos resultan eficaces la consecuencia sería la desaparición de sus bases imponibles, prueba evidente de su utilidad.

Así pues a la hora de diseñar un sistema fiscal eficiente debemos saber si contestan satisfactoriamente alguna de las siguientes preguntas:

1. ¿Ayudan a mantener la demanda por nuestra moneda?

2. ¿Contribuyen a equilibrar el reparto de las rentas y de la riqueza?

3: ¿Aportan información a los usuarios de los bienes y servicios públicos?

4. ¿Desincentivan conductas socialmente indeseables?

Además la política fiscal no debe juzgarse en función de la consecución de un determinado guarismo en la relación del déficit con respecto al PIB sino en sus efectos sobre la economía real. La TMM favorece una aproximación de finanzas funcionales. Si observamos que existe pleno empleo y estabilidad de precios entonces sabemos que vamos bien, sea el déficit público equivalente al -2% del PIB, el -8% del PIB, o el -15% del PIB. 

 “Predistribución” no redistribución.

¿Recuerdan cuántas veces les han dicho que para conquistar nuevas prestaciones sociales primero hay que aumentar la recaudación? Tradicionalmente las políticas sociales defendidas por los socialdemócratas tratan de conseguir recursos fiscales para que el estado luego pueda redistribuirlos. Primero gravar, luego redistribuir. Estas políticas son siempre insatisfactorias porque se alega que el sistema no da para más. ¿Recuerdan lo que ha pasado con el cuarto pilar del estado del bienestar?

Pero desde la óptica de la TMM podemos pensar en políticas de “predistribución”. Entendiendo que el estado debe gastar primero para luego recaudar, ¿por qué no aplicar políticas de gasto que resuelven primero las necesidades sociales más acuciantes? Por ejemplo mediante un plan de empleo de transición que dé trabajo a quienes no lo encuentren en el sector privado. Esas políticas ponen en manos del sector privado nuevo dinero. Posteriormente el estado decidirá si conviene elevar la recaudación y mediante qué instrumentos. Dejemos de utilizar el sistema fiscal como excusa para no aplicar las políticas deseables y más justas. En un próximo artículo abordaré cómo se podrían aplicar algunas políticas públicas de gasto más eficaces y “predistributivas” desde el punto de vista de la TMM.

Referencias

Bezemer, D. J. (2009). “No One Saw This Coming” Understanding Financial Crisis Through Academic Accounting Models. University of Groningen.

García Arencibia, S. (2012, enero 7). Utópico terminando el prólogo. Obtenido de Historia de la progresividad del IRPF: https://sagara1977.wordpress.com/2012/01/07/historia-de-la-progresividad-del-irpf/

Godley, W., & Wray, L. R. (2000). Is Goldilocks Doomed? Journal of Economic Issues, Vol 34, No 1, (Mar 2000), pp. 201-206.

Mitchell, B. (2016, agosto 2). Don’t let neo-liberal (idiots) loose with a spreadsheet! Obtenido de Bilbo Economic Outlook: http://bilbo.economicoutlook.net/blog/?p=34102

Mitchell, B. (2016, Abril 13). The British Labour Party path to Monetarism. Obtenido de Bill Mitchell – billy blog: http://bilbo.economicoutlook.net/blog/?p=33334

Worstall, T. (2015, enero 12). Watch Out, MMT’s About, As Bernie Sanders Hires Stephanie Kelton. Obtenido de Forbes: http://www.forbes.com/sites/timworstall/2015/01/12/watch-out-mmts-about-as-bernie-sanders-hires-stephanie-kelton/2/#43b6da254187

Wray, L. R. (2012, julio 8). MMT, The Euro and The Greatest Prediction of the Last 20 Years. Obtenido de New Economic Perspectives: http://neweconomicperspectives.org/2012/07/mmt-the-euro-and-the-greatest-prediction-of-the-last-20-years.html

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