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Imaginemos una derecha marxista.

Stuart Medina
Escrito por Stuart Medina

*Publicado originariamente en el blog Desempleo Cero

El presidente del PP, Pablo Casado, declaró ayer que no era “aceptable una revisión al alza del salario mínimo interprofesional a 900 € porque el aumento de los costes laborales unitarios erosionaría los márgenes empresariales y se revertirían las ganancias que han obtenido los capitalistas y el 1% más rico gracias a la crisis económica”. Demostraba así sus conocimientos adquiridos durante la realización de su trabajo de fin de máster en la Universidad Rey Juan Carlos sobre la teoría del valor marxista y la extracción de plusvalía.

Hace pocos días, el presidente de la CEOE, Juan Rosell, protestó amargamente por la caída del paro en España porque “dependemos de un abundante ejército industrial de reserva” —refiriéndose a los parados—“para que los trabajadores no se suban a la parra con reclamaciones salariales. Bastante nos ha costado debilitar a los sindicatos para asegurarnos de que los trabajadores no tengan poder de negociación para que ahora estos pierdan el miedo al desempleo” añadió. “De que los capitalistas mantengamos una tasa de rentabilidad cada vez mayor depende que consolidemos nuestras fortunas y se mantenga la desigualdad en el reparto de la riqueza que para nosotros es óptima”. Rosell es un reconocido experto en el pensamiento de Rosa Luxemburgo y del economista polaco Michal Kałecki.

También recientemente el comisario Moscovici advirtió contra cualquier pretensión de ampliar el déficit público en Italia porque “eso permitiría reducir el desempleo al tener un efecto expansivo sobre la demanda agregada, algo que encontramos inadmisible. No queremos que todos los italianos encuentren trabajo porque se debilitaría el poder negociador de los empresarios”.

Un estudio del Financial Times, que utilizó la metodología Stock Flow Consistent del economista Wynne Godley, halló que, gracias a que los estados han aplicado políticas de austeridad, los servicios públicos se han degradado y además se ha reducido el ahorro de las familias lo cual permitió un reparto de la riqueza deseablemente desigual. “Nos congratulamos porque eso ha permitido justificar privatizaciones de servicios públicos esenciales. Son más costosos para la sociedad pero han dejado mayores beneficios para los capitalistas. Además la eliminación del déficit público ha permitido crear una cultura de la escasez que es muy útil para amedrentar a las clases populares y mantenerlas sometidas”.

Finalmente el economista Juan Rallo, que ha profundizado en sus conocimientos de la teoría monetaria moderna, advirtió que, “de aumentar el déficit público en España podríamos encontrarnos con que las familias más pobres dejarían de endeudarse con los bancos. No quiero que mis patrocinadores, los banqueros, pierdan oportunidades de conceder créditos a las familias de clase media. El endeudamiento privado permite mantener el nivel de consumo sin subir los sueldos, los bancos obtienen beneficios y las familias más humildes estarán pilladas con préstamos hipotecarios durante muchos años. ¿Os imagináis que las familias pudieran alquilar viviendas en un parque público? Sería desastroso para la rentabilidad del sector inmobiliario”.

Los anteriores comentarios pueden sonar brutalmente francos y sinceros pero no se preocupen, son apócrifos. Si los conservadores hiciesen este tipo de afirmaciones estarían actuando de forma honesta porque, realmente, muchas de las políticas económicas actualmente defendidas por las derechas pretenden crear un entorno de escasez artificial —escasez de empleos, escasez de bienes públicos, escasez de dinero— que sirve para defender los beneficios de las clases más adineradas y mantener disciplinada a la clase trabajadora. Pero las derechas son más astutas. Han desarrollado su propio lenguaje que es más elegante, o hipócrita si lo prefieren. Para justificar la necesidad de reducir el déficit público prefieren emplear falaces analogías de un hogar bien llevado que no puede endeudarse excesivamente pues de lo contrario quebraría. La represión salarial se justifica previniendo contra los potenciales efectos inflacionistas de políticas mientras que el poder negociador de los trabajadores se socava argumentando que hay escasez de puestos de trabajo por culpa de la tecnología o por las prácticas anticompetitivas de los sindicatos.

A la derecha no le hace falta ser franca para defender las políticas macroeconómicas que convienen a sus intereses económicos. Cuentan con un lenguaje alternativo, políticamente correcto y pseudocientífico, que permite justificar las mayores barbaridades económicas sin sonrojarse y sin quedar en evidencia. Este lenguaje se llama economía neoclásica o neokeynesiana (según el interlocutor sea poco más o menos liberal) y es el falso conocimiento que se enseña en las facultades de economía y se difunde a través de los medios de comunicación. El pensamiento económico dominante, desde la época de Adam Smith hasta la de nuestros días, es un corpus de doctrina utilitario que no pretende descubrir ninguna verdad ni aplicar un método científico riguroso para describir la realidad. Su función es vestir con una tramoya y tapar con fuegos de artificio opciones de economía política contrarias a los intereses de la mayoría social que, de otra manera, serían imposibles de justificar en una democracia.

Armados con herramientas aparentemente científicas, trabajos llenos de ecuaciones en su mayoría innecesarias y explicaciones con la sobria apariencia de rigor académico, los economistas respaldan siempre los discursos de las organizaciones empresariales como la CEOE o las actuaciones de ministros como Rato, Montoro, Boyer, Solchaga, Solbes o Calviño. Los organismos multilaterales, cuyo personal está reclutado entre las cohortes salidas de las facultades de Economía, como el FMI, el Banco Mundial, la OCDE o la Unión Europea también validan las recetas de austeridad con trabajos que pretenden tener un carácter científico. Así la Comisión Europea no desaprovecha ocasión para reñir a cualquier gobierno que ose cuestionar los arbitrarios límites de déficit y deuda. El FMI lleva décadas exigiendo moderación salarial. Los bancos centrales, independizados del poder político para asegurar su integridad ideológica, no cesan de advertir a la sociedad de la necesidad de austeridad, moderación salarial y déficit públicos reducidos.

Por cierto, no es casual que la ideología neoliberal haya alcanzado su apogeo en la época en la que España retornó a la democracia. Aplicar las políticas de represión salarial utilizadas por la dictadura franquista habría resultado imposible en un régimen democrático. Era fundamental utilizar otros métodos para conseguir lo que pretendían las élites empresariales de este país y, para ello, se contó con la colaboración indispensable de los profesionales de la doctrina económica.

Lo sorprendente no es que la derecha haya desarrollado categorías y axiomas útiles para justificar su acción política. Lo que sí resulta asombroso es constatar cómo los políticos progresistas y muchos sindicalistas han tragado el anzuelo, el flotante y la caña entera. Así nos encontramos con economistas de los sindicatos preocupados por los efectos inflacionistas de una política de pleno empleo o dirigentes de partidos de izquierdas que denuncian el crecimiento insostenible de la deuda pública. Es lamentable comprobar como una y otra vez prefieren utilizar el lenguaje y los conceptos de una pseudociencia creada para servir intereses contrarios a los de quienes pretenden representar.

Esto es aún más indecoroso pues es sabido que existe una escuela de pensamiento progresista que ha desarrollado una teoría monetaria moderna que desmonta los mitos generalmente difundidos sobre los déficits públicos o la escasez de empleo y dinero. Sin embargo, los dirigentes de estas organizaciones argumentan utilizando los mismos axiomas de la doctrina conservadora. Así encontramos como el recién elegido presidente de México, López Obrador, ha designado un ministro de Hacienda que amenaza con aplicar una austeridad draconiana. En Grecia el gobierno de Syriza ha realizado el trabajo sucio que su antecesor conservador, Nueva Democracia, no osó hacer privatizando todos los activos del pueblo griego para luego alardear de haber alcanzado un superávit primario. En Portugal un gobierno que se dice progresista aplica políticas que van a llevar el déficit al 0,2% del PIB, cargándose de paso el ahorro del sector privado. En España también tenemos un gobierno que dice ser progresista que promete a Bruselas que reducirá el gasto público y que esta vez sí—de verdad de la buena, no como ese incumplidor Montoro— España cumplirá con los objetivos de déficit (“los compromisos con nuestros socios europeos”). Así se explica que las izquierdas españolas presenten como un gran avance unos presupuestos generales del estado que, lejos de atender con decisión y ambición las urgentísimas necesidades de las clases populares más golpeadas por la crisis, se conformen con ofrecer unos pocos paños calientes en un documento que sumisamente se someterá a la censura previa de Bruselas.

No encontraremos economistas ni analistas partidarios de la teoría monetaria moderna entre los políticos de derechas. Tal cosa sería absurda, contra natura, irrisoria; sin embargo parece perfectamente natural que entre la izquierda encontremos economistas neoclásicos y neokeynesianos (aquellos partidarios de una versión bastarda del keynesianismo desprovisto de toda la radicalidad a la que podía habernos llevado una comprensión más honesta de la Teoría General del Interés, el Empleo y el Dinero). Es muy difícil encontrar un asesor económico de Podemos que se haya entregado a la compresión de la teoría monetaria moderna. Con suerte encontraremos algún marxista ricardiano trasnochado incapaz de poner al día ese conocimiento con la potencia analítica que ofrece la TMM.

No se puede ser Papa y ateo, protestante y creer en la Purísima Concepción, musulmán y partidario de la Santísima Trinidad, banquero y marxista-leninista. Parece que sí se puede ser político de izquierdas y partidario del pensamiento neoclásico y defensor de la responsabilidad fiscal más rancia.

Empapada del pensamiento económico convencional la izquierda se vuelve inepta y floja. Parece lógico por tanto que coseche fracaso tras fracaso electoral en Europa e ilusione cada vez a menos votantes que prefieren quedarse en su casa el día de las votaciones. ¿Para qué querrían votar a partidos que, una vez alcancen el poder, como mucho les ofrecerán pequeños parches, limosnas, políticas sociales poco ambiciosas y falta de coraje a la hora de enfrentarse a intereses económicos y empresarios? La izquierda ha preferido desarmarse ideológicamente renunciando a profundizar en el pensamiento económico heterodoxo.

Un político de izquierdas contemporáneo es un señor o señora con una cartera llena de excusas para no abordar un cambio transformacional de nuestra sociedad. Puede encontrar muy útil culpar a la globalización que incapacita al estado para responder de forma eficaz. Recurrirá frecuentemente a terroríficos apocalipsis robóticos para justificar que no defiende el pleno empleo. Se presentará como un prudente padre de familia que gestiona la cosa pública con cautela y frugalidad para evitar que la deuda pública se dispare y que los mercados acaben enojándose. La mayoría confundirán internacionalismo con el apoyo al proyecto europeísta neoliberal y reaccionarán horrorizados ante la mínima sugerencia de recuperar una soberanía monetaria que en su mente podría dar lugar a espantosos episodios de hiperinflación tan nocivos para los ahorradores entre los cuales seguramente no hay muchos votantes suyos.

Nos encontramos así con una izquierda sin médula, desprovista de nervio, invertebrada y cobarde. Son frecuentes los personajes sobrevenidos que arrancan sus carreras con un lenguaje radical y prometedor visceralmente atacados por los medios del mainstream, que, a medida que se acercan al poder, empiezan a hacerse más respetables adoptando el lenguaje de la doctrina dominante. Pronto abandonan su radicalismo y hacen concesiones al europeísmo, ese proyecto que de repente parece reformable; a la moneda común, ya que resulta evidente que el retorno a monedas nacionales provocaría turbulencias financieras inasumibles; a la necesidad de demostrar su sentido de la responsabilidad fiscal explicando cómo van a financiar sus programas sociales a la vez que recortan su escala y ambición.

En cambio, cuanta sinceridad brutal entre la ultraderecha en ascenso. Se utiliza argumentos xenófobos para cargar contra un colectivo convertido en chivo expiatorio y las palabras se acompañan de hechos cuando en el poder actúan con contundencia contra los inmigrantes demostrando la capacidad de cumplir con promesas electorales. Se promete y se lanza una guerra comercial contra los chinos para defender unos intereses empresariales y se justifica convenientemente como una política que pretende crear empleo entre las clases trabajadoras apaleadas por la globalización. Juran bajar los impuestos a las clases medias y cumplen bajándolos aún más para las elites económicas; ya se subirán posteriormente los impuestos más regresivos si es necesario. Esta ultraderecha promete cosas horribles y las ejecuta cuando alcanza el poder. La izquierda promete cosas maravillosas y luego se olvida de sus promesas porque no sabe cómo llevarlas a cabo. Se ha encerrado a sí misma dentro de la celada que le presentó el mainstream académico bajo la apariencia de rigor y seridad. Cuanto más cautiva y desarmada ideológicamente está la izquierda más enardecida y ultramontana se tornan las derechas. ¿Alguien todavía tiene problemas para entender la decadencia de los partidos socialdemócratas y el ascenso de los populismos de derechas?

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