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Green New Deal. Planteamiento del Problema (Parte I)

Stuart Medina
Escrito por Stuart Medina

Pocos cuestionan que nos enfrentamos a una crisis climática que podría hasta señalar la linde entre dos eras geológicas, quizás el fin del antropoceno. Es irrefutable que los niveles de gases de efecto invernadero han aumentado su concentración en nuestra atmósfera. Los niveles de dióxido de carbono (CO2), que alcanzan ya las 400 partes por millón, casi duplican los promedios históricos. Sabemos que esta contaminación se debe al aprovechamiento de combustibles fósiles. Casi todos los expertos atribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero como el CO2 un potente impacto sobre el clima del Planeta. Las temperaturas de la Tierra están casi un grado centígrado por encima de la media de los registros históricos. Las superficies de los océanos se han calentado 0,4ºC. Las capas de hielo en Groenlandia, la banquisa ártica y el hielo de la Antártida se fragmentan y derriten. La longitud y espesor de los glaciares han menguado. El deshielo ha elevado los niveles de los mares unos 20 centímetros lo cual puede llevar a la desaparición de algunas tierras hasta ahora emergidas (NASA, 2019).

Las consecuencias de este calentamiento global no se agotan en el deshielo. Al parecer el aumento en el gradiente de temperaturas favorece la ocurrencia de eventos climáticos extremos con mayor frecuencia de huracanes, ciclones, olas de frío o de calor e inundaciones. Los regímenes pluviométricos cambian, posiblemente aumentando la aridez en algunas zonas, por ejemplo, de nuestro país.

Estos cambios avanzan a un ritmo imperceptible en la escala temporal de las personas lo cual favorece la negación. Quizá esa gradualidad explique la mezcla de complacencia y ausencia de reacción ante una probable catástrofe climática. Entre los expertos y los concienciados cunde la alarma ante la falta de reacción de muchos gobiernos y la impresión es que se acaba el tiempo para remediar o detener, si no revertir el calentamiento global. La demora en la actuación es la forma más mortífera de negación. Pero no nos equivoquemos, no se trata de salvar el Planeta. Puede que dentro de mil años haya cocodrilos nadando en el Ártico pero para entonces lo más probables que el hombre se haya extinguido o, si sobrevive, su calidad de vida sea lamentable. Pero el planeta ya ha sobrevivido a numerosos episodios de calentamiento global y extinciones masivas. Se trata de mantener un entorno sostenible para la pervivencia de nuestra especie.

La derrota de quienes luchan por convencer a la sociedad de la urgencia de actuar es muy probable si no entendemos otro fenómeno coetáneo igualmente perverso. La amenaza climática no se puede desligar de otra plaga que recorre los países avanzados. Es fácil describir sus síntomas. Los afectados padecen de un malestar permanente ante la insultante concentración de riqueza; observan la congelación de sus ingresos en términos absolutos; se enojan por la percepción de que la clase política está carcomida por la corrupción y alineada con intereses de grandes empresas; y son muy conscientes de su propia impotencia para influir en las políticas públicas. Esta enfermedad es el paroxismo de la crisis del neoliberalismo, un recetario político que se ha aplicado de forma implacable sobre sociedades que habían alcanzado un alto grado de bienestar hasta los años 70 u 80. Hasta esa época las sociedades avanzadas habían aplicado políticas keynesianas, muy exitosas en términos de reparto renta pero que resultaban poco atractivas para las oligarquías empresariales.

Gracias al episodio de inflación de los años 70, al que el keynesianismo no supo responder, el neoliberalismo capturó las elites occidentales con promesas de competitividad y crecimiento económico que restablecerían la rentabilidad de un sector empresarial amenazado por la combatividad de la clase trabajadora y la estabilidad de precios. Sin embargo, los resultados en términos de crecimiento económico han sido decepcionantes. Nunca las economías avanzadas habían crecido tan poco. Para echar sal sobre la herida esta era neoliberal ha engendrado un panorama social de desigualdad y precarización. Además, el ansia desreguladora ha contribuido a generar crisis financieras cada vez más frecuentes y profundas.

El prontuario económico neoliberal repite como un mantra el mismo juego de instrucciones para hacer frente a las crisis económicas: andanadas de privatizaciones; más “liberalización” que en realidad es la creación de normas favorables para las grandes empresas; nuevos tratados de libre comercio anunciados con fanfarria por las autoridades de Bruselas como la panacea que nos traerá un bienestar insospechado pero que siempre parecen beneficiar a los mismos; o políticas activas de empleo que culpabilizan al parado y nunca aportan los empleos prometidos. Cada ciclo genera un nuevo estrato de personas precarizadas, que oscilan entre el desempleo y el subempleo, con sueldos que ya no garantizan un nivel de bienestar material digno. Todo esto ocurre precisamente en la época de mayor capacidad industrial de la Historia si bien la calidad de los productos deja mucho que desear y los costes ambientales de la actividad fabril son excesivos.

Ante la crisis climática se nos dice que los gobiernos deben limitarse a establecer incentivos “de mercado” para que el sector privado, pletórico de energías creativas gracias a las políticas “business friendly”, se ocupe de resolver los problemas. Así se crean impuestos al carbono para desincentivar el consumo de combustible fósiles (mecanismo de precios de mercado). Se acotan áreas al tráfico privado —siendo honestos habría que reconocer que el proyecto Madrid Central supone la reserva de una zona urbana a una minoría privilegiada que puede pagarse los nuevos vehículos híbridos de cero emisiones— sin potenciar el transporte público como alternativa. Sólo se restringen algunas actividades como el cierre de las minas de carbón ya poco atractivas para los empresarios.

No es que estas medidas ambientalistas no estén justificadas pero muchas de ellas perjudican a personas cuyo medio de vida depende de actividades tradicionalmente asociadas a la emisión de gases de efecto invernadero. Se amenaza el futuro de personas que carecen de salidas profesionales alternativas al desempleo: los mineros del carbón asturiano o de Virginia Occidental, los poseedores de furgonetas propulsadas por motores diésel, los empleados de las centrales de producción energética de El Bierzo y otros colectivos y comunidades observan estupefactos y crecientemente airados como sus medios de vida tradicionales están periclitados. Tras la caída de esas actividades sigue la ruina económica de sus comunidades locales.

Esas medidas son el palo que castigan mayoritariamente a las clases populares sin rozar los privilegios de las elites. La estrategia del presidente neoliberal francés, Emmanuel Macron, que combinó bajadas de impuestos a las grandes fortunas, profusas medidas de liberalización y desregulación —que pretendían fomentar una cultura emprendedora y acabar con añejos “privilegios” sindicales—, ha acabado detonando las violentas algaradas de los chalecos amarillos. Visto así, tampoco extraña que, en los EEUU, el discurso negacionista de Trump haya atraído a quienes se veían amenazados por un ambientalismo que no les ofrecía un futuro que sustituyera al presente que se pretende aniquilar.

El palo para las clases populares; la zanahoria para las oligarquías. Se crean subvenciones públicas para que el sector privado encuentre razones —jugosos beneficios en iniciativas empresariales sin  riesgo— para invertir en determinadas actividades tales como la construcción de centrales eólicas o granjas solares. La intención es que el sector privado lidere una transformación energética evitando que los Estados, que se consideran poco capacitados para dirigir proyectos ambiciosos e innovadores, actúen. En el colmo de la ingenuidad no faltan quienes esperan que los billonarios dediquen esfuerzos filantrópicos al cambio climático.

El imperante régimen neoliberal deja inermes a las sociedades para dar respuesta a la doble crisis climática y social. El Estado, encadenado por limitaciones institucionales y financieras imaginarias, carece de herramientas eficaces para dar respuesta a uno de los mayores desafíos de la humanidad. La despolitización arrebata el poder de decisión a los parlamentos y se lo entrega a organismos multilaterales “independientes”. Confiar la solución a las fuerzas del mercado o a prohibición de determinadas actividades sin ofrecer una alternativa atractiva a los perdedores del cambio de modelo energético expone el ciego optimismo de las élites.

Estas pretensiones solo pueden derivar en melancolía porque es difícil que los agentes del sector privado accedan a los ingentes recursos financieros que requiere una transformación radical de nuestro modelo climático. Es absurdo pensar que encontrarán oportunidades de negocio suficientemente atractivas como para abandonar completamente un modelo energético que resulta relativamente barato y para el cual todo el sistema productivo contemporáneo está adaptado. Lo que se está pidiendo es una transformación profunda, radical y sistémica de una escala que el sector privado es incapaz de asumir.

Pensemos, por ejemplo, en la necesidad de reformar toda la industria automovilística para adaptar los vehículos a una motorización eléctrica con la consiguiente sustitución de la red de gasolineras por otra de conexiones de recarga y recambio de baterías, incluso planteando un cambio de régimen de tenencia para el usuario que debería cambiar el coche en propiedad por el de alquiler. O consideremos la escala de unas obras de infraestructuras necesarias para introducir trenes de alta velocidad que puedan sustituir, al menos parcialmente, al mucho más contaminante tráfico aéreo. Por último, tomemos en cuenta la enormidad de la tarea de modernizar y adaptar el parque inmobiliario de todo un país para que las viviendas sean carbono-neutrales sin menoscabo de la comodidad de sus moradores.

Aquí viene al caso recordar cómo las dos apuestas tecnológicas más interesantes del Estado Español de los últimos años fueron decididamente impulsadas por el Gobierno. Me refiero a la promoción de las energías eólicas y la red de ferrocarriles de alta velocidad. Ambas iniciativas han revitalizado o engendrado nuevos sectores industriales con un interesante potencial exportador. Este precedente nos da una idea de cómo los grandes proyectos transformadores suelen requerir del liderazgo político y de los recursos del Estado.

Por tanto, el capitalismo en su fase neoliberal contemporánea se pierde en su laberinto de la austeridad para la mayoría y se muestra impotente para encontrar los recursos necesarios para resolver la doble crisis social y ambiental. Sin embargo, en los EEUU, la joven y refrescante congresista Alexandria Ocasio Cortez está proponiendo una alternativa que permitiría recuperar los pactos sociales rotos y abordar de forma decidida y ambiciosa el reto del cambio climático sin generar nuevas marginaciones sociales. La propuesta del Green New Deal, o Nuevo Trato Verde, es un ambicioso programa, comparable en su escala al plan Marshall, el plan de construcción de autopistas de Eisenhower o la carrera espacial de las eras de Kennedy y Jruschov. En el pasado esa escala de ambición consiguió que la economía Estadounidense creciera a tasas que nunca más se han vuelto a observar. Tras varias décadas de “estancamiento secular”, se demuestra el agotamiento de un modelo económico que cabalga a lomos de un aparato industrial y energético obsoleto. Quizás sea necesario una iniciativa descabelladamente ambiciosa para construir una alternativa a un sistema averiado.

Ilustración 1. Crecimiento del PIB De los EEUU desde el año 1934

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