Opinión

¿Fusión Caixa-Bankia? No, gracias

Portal de Monte de Piedad
Juan Laborda
Escrito por Juan Laborda

Ciertos bancos han alcanzado un tamaño excesivamente grande y constituyen un auténtico riesgo sistémico para nuestra economía y la economía global

En tiempos de pandemia todo es posible, hasta el anuncio de fusiones bancarias perjudiciales para la salud económica y democrática de nuestra querida España. La superclase nos tiene ya muy acostumbrado a ello desde el inicio de la Gran Recesión. Ahora, la fusión entre CaixaBank y Bankia, enésimo autoengaño de unas élites parasitarias que, como ladrones de guante blanco, pasarán la factura a una ciudadanía  aletargada, asqueada, dócil, empobrecida. Para ello cuentan con la colaboración inestimable del gobierno de turno, en este momento de la rama social-liberal del actual Ejecutivo, del regulador, del Banco Central Europeo, de una prensa dócil.  Todo porque no se hizo lo económicamente eficiente en los rescates bancarios de la Gran Recesión. Llevamos muchos años donde las autoridades económicas y los reguladores se hacen trampas al solitario, modificando la normativa contable, disminuyendo las exigencias de capital, aliviando todo tipo de requisitos, pero sin hacer aquello que era básico y fundamental en toda crisis bancaria, sacar del balance de los bancos toda la mierda de su activo a costa de sus acreedores –en su momento bancos comerciales extranjeros, fondos de pensiones y de inversión de distinto pelaje- , y, si hiciera falta, mediante su nacionalización temporal.  Solo Islandia, de la mano del FMI de Strauss Kahn, tuvo las agallas suficientes.

En su momento denunciamos desde estas líneas un acuerdo tácito, plenamente vigente en la actualidad, entre élites políticas y financieras occidentales que incluían tres cláusulas implícitas. En la primera, se mantenían los privilegios de la clase financiera, a pesar de que el sistema bancario de la mayoría de países desarrollados era y es insolvente. No querían ni quieren someterse a un proceso intenso de reconversión como cualquier sector que ha cometido excesos.

En la segunda, los Bancos Centrales, controlados en realidad por estas élites financieras, inyectaban e inyectan liquidez masiva a los bancos con problemas de liquidez y solvencia para que sigan manteniendo el status quo actual. Ello se adornaba con una relajación en los criterios de valoración de activos, de necesidades de capital, y en la misma supervisión, sorprendentes.

Deberían saber a fecha de hoy que el impacto de su política monetaria sobre la actividad tal como está diseñada es y será nulo

En la tercera cláusula, en lo que se podría denominar como una traducción bastarda de la Teoría Monetaria Moderna, se acuerda que sea el Banco Central quien en realidad financie a los Tesoros a través de los bancos comerciales, pero sin instrumentos para reactivar la actividad económica y mejorar las rentas de la ciudadanía. Deberían saber a fecha de hoy que el impacto de su política monetaria sobre la actividad tal como está diseñada es y será nulo. Como todo acuerdo tácito oculto, a la luz de las velas, se incluye dos clausulas finales. La primera, la acaba de exponer hace unas semanas el presidente de la Reserva Federal, Jeremy Powell, en Jackson Hole: el marco teórico dominante nos llevó a una situación donde “era más probable que las expansiones terminaran con episodios de inestabilidad financiera, lo que impulsó esfuerzos esenciales para aumentar sustancialmente la fortaleza y la resistencia del sistema financiero”. En román paladino, se les está subvencionando de manera perpetua. En la segunda cláusula, serán los ciudadanos quienes paguen en última instancia con sangre, sudor, y lágrimas los excesos de estas élites. Cómo. Ya lo sabemos, a través de recortes salariales, aumentos de impuestos, y un deterioro de los servicios públicos básicos, como la salud y la educación. Y todo ello en los tiempos que corren.

Permítanme expresar mi hastío a la hora de escuchar y leer a todos los economistas que llenan nuestros mass-media alabando la fusión. Son quienes defienden un marco teórico roto que nos lleva inexorablemente a una inestabilidad financiera intrínseca. Es su contradicción.

¿Por qué es inútil la fusión?

Permítanme ahora expresar las razones por las cuales me opongo a la fusión Caixabank y Bankia. La primera, porque ambas entidades tienen problemas en su activos, sobre todo CaixaBank. Bankia es la entidad española más saneada tras su nacionalización. Existen dos modelos para hacer frente a los problemas de solvencia bancaria tras una crisis de deuda provocada por el estallido de una burbuja financiera o inmobiliaria. En el modelo sueco las pérdidas se reconocen hoy; en el japonés, se reconocen conforme los bancos van generando beneficios para absorberlas.

España desde 2008 optó por el modelo japonés. Las pérdidas provocadas por los excesos en el sistema financiero solo se reconocen conforme los bancos generaban capital para absorberlas mediante el repunte en la actividad económica. Ello beneficia a los bancos y su gerencia, ya que se oculta su verdadera situación. El problema es que la debilidad económica intrínseca impide salir de esa situación, porque todo acaba siendo un patadón hacia adelante. Eso es lo que ocurre con CaixaBank y Bankia (en este caso mucho menor tras su nacionalización), y el resto de entidades bancarias occidentales, sobretodo europeas. Siguen teniendo ingente cantidad de activos tóxicos en balances, de manera que cuando vienen mal dadas, se aproximan a la insolvencia. Como siempre, les recomiendo acudir a las estimaciones ofrecidas por el Center for Risk Management de Lausane sobre las necesidades de capital por entidades financieras y países si viene mal dadas. Para España se incluyen siete entidades –Banco Santander, BBVA, CaixaBank, Banco Sabadell, Banco Popular, Bankinter, y Bankia-, y la suma de las necesidades en un escenario de stress-test superaría los 110.000 millones de Euros, muy por encima de las estimaciones que ofrecía en la Gran Recesión. Obviamente Bankia es la que menos necesitaría.

Los bancos se deshicieron de la seguridad y la solidez en favor del rendimiento, el beneficio y los bonus de la gerencia. Volvió a funcionar la codicia y la avaricia

La segunda razón es que me opongo radicalmente a ese nuevo Leviatán, la banca sistémica, los bancos demasiado grandes para quebrar, que sin ningún empacho están creando desde las autoridades económicas y monetarias. En el caso de nuestro país, la Gran Recesión produjo la mayor concentración del sistema bancario. Ciertos bancos han alcanzado un tamaño excesivamente grande y constituyen un auténtico riesgo sistémico para nuestra economía y la economía global. Además, aprovechándose del riesgo moral de que son “demasiado grandes para quebrar”, están siendo subsidiados por los contribuyentes de las distintas naciones. Es necesario acabar con ello. Pero no solo no lo hacen sino que nos proponen dos tazas más. Los bancos “demasiado grandes para quebrar” siguen beneficiándose de subsidios públicos implícitos creados por la expectativa de que el Gobierno los respaldará si se encuentran en dificultades financieras. Este subsidio implícito distorsiona la competencia entre bancos, y favorece una toma excesiva de riesgos y, en última instancia, puede implicar elevados costes para los contribuyentes. La expectativa de que obtendrán respaldo estatal reduce los incentivos de los acreedores para controlar el comportamiento de los mismos, alentando así un apalancamiento y una toma de riesgos excesivos. Por eso, la estructura de la inmensa mayoría de los grandes bancos sistémicos es tremendamente inestable.

Canalizar los fondos europeos

Los lobbies bancarios, en su momento, compraron y pagaron por eliminar todo tipo de regulación, desmantelando así casi todas las salvaguardas que los podía proteger si las cosas vienen mal dadas. No nos engañemos, el tamaño del capital y reservas en relación con el volumen subyacente en sus posiciones de derivados es irrisorio, de manera que dichos bancos están en un riesgo estructural permanente de colapso. Los bancos se deshicieron de la seguridad y la solidez en favor del rendimiento, el beneficio y los bonus de la gerencia. Volvió a funcionar la codicia y la avaricia. Y ahí seguimos estando. No se ha hecho casi nada por corregir estos excesos.

La tercera es obvia, no recuperaremos 22.000 millones de euros que el Estado aportó para sanear Bankia –la Sareb, enésimo desastre de nuestras élites-. Es un escándalo mayúsculo, especialmente en el momento actual donde las rentas de las familias se hunden, y miles de Pymes se van al hoyo. Además, soy partidario de canalizar los fondos europeos, como van a hacer Francia, Italia y Alemania, a través de su potente banca pública. Aquí Bankia debería haber sido el germen de nuestro Kreditanstalt für Wiederaufbau alemán, que movilizara los recursos necesarios para ese cambio climático, económico y productivo que nos permitiera no perder de nuevo el tren de la historia. Pero de nuevo la socialdemocracia donde dijo digo, dice Diego. Por favor, que no me vengan algunos con las estupideces de que las Cajas de Ahorro eran banca pública, o que el ICO ya es el instrumento para ello. ¡Echen una ojeada al Banco Público del Agua holandés o al Kreditanstalt für Wiederaufbau alemán para entender mi propuesta!

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