Teoría

Dinero, poder y regímenes monetaris (parte 2/3)

Pavlina R. Tcherneva

Continuación de la parte 1 que se encuentra en este enlace

Dinero, poder y regímenes monetarios (Parte 1/3)

La tercera parte se encuentra en este enlace

Dinero, poder y regímenes monetarios (parte 3 de 3)

Documento de trabajo nº861 del Levy Economics Institute del Bard College

SOBRE EL MITO DEL TRUEQUE

En contraste con el recuento histórico anterior, los economistas adoptan el mito generalizado pero históricamente infundado del trueque[5]. El trabajo de la antropóloga de Cambridge Caroline Humphrey (1985) es contundente pues concluye: “No se ha descrito ningún ejemplo de una economía de trueque, pura y simple, y mucho menos que de ésta haya surgido el dinero;toda evidencia disponible sugiere que nunca ha existido tal cosa.”

Por supuesto, existían acuerdos de trueque, pero nunca fueron un mecanismo de coordinación para la provisión social en ninguna sociedad. Graeber (2011) sugiere que el trueque es probablemente un fenómeno moderno y temporal, observado entre personas familiarizadas con el uso del dinero, pero que (por una u otra razón) enfrentaron algún fracaso en esos regímenes monetarios.

Confrontar el mito del trueque es fundamental, ya que desmiente la idea de que el dinero emerge de transacciones voluntarias en el mercado, en las que los agentes participan en intercambios mutuamente benéficos, donde ninguno tiene poder sobre el otro, y donde el Estado introduce imperfecciones e ineficiencias. Debido a que el dinero es una relación de poder social, la historia arraigada del dinero sugiere que éste emerge como un bien público, dentro de las complejas obligaciones que surgen de una deuda social específica, donde una autoridad sirve de árbitro de las deudas públicas y privadas, determina la unidad de cuenta (dirá cómo se medirán las deudas) y ejecuta las liquidaciones de deuda. Esa autoridad es la institución que impone obligaciones no recíprocas a la población y asume un rol redistributivo, en algunos en aras de la “equidad” y la “justicia,” mientras que en otros casos con intereses de colonización y esclavitud (se detalla más adelante). Resaltar en la historia del dinero el papel de el poder, de la autoridad, y de las agencias sociales que administran y hacen cumplir los acuerdos de deuda monetaria también nos ayudará a comprender los sistemas monetarios modernos y los poderes y las responsabilidades de los Estados Nación para cumplir sus funciones redistributivas.

La importancia del registro histórico está en: 1) delinear la naturaleza del dinero como una relación social de deuda; 2) enfatizar el papel de las instituciones públicas en el establecimiento de una unidad de cuenta estándar mediante la codificación de los esquemas contables, las listas de precios y deudas privadas y públicas; 3) demostrar que, en todos los casos, el dinero era un fenómeno previo al mercado, que en un principio representaba una unidad de cuenta abstracta y un medio de pago durante un complejo proceso de provisión social, y más tarde un medio de intercambio generalizado; y 4) subrayar su calidad inherente como vehículo de redistribución. La próxima tarea es utilizar esta comprensión histórica para iluminar regímenes monetarios modernos y el espacio disponible de políticas para perseguir metas económicas.

DINERO MODERNO

Nunca sabremos cuál fue el orígen exacto del dinero, pero sabemos que no se puede entender fuera de los poderes de alguna autoridad o árbitro. Sin embargo, en el contexto moderno, el dinero no es solo un bien público, sino que también es un simple monopolio público. Los Estados-Nación modernos, al igual que sus equivalentes más antiguos, también imponen deudas ineludibles a la población y determinan cómo serán saldadas También tienen el poder exclusivo de emitir exactamente lo que liquidan esas obligaciones fiscales (incluso si renunciaran a ese poder, como es el caso actual de algunos ). Los intentos del sector privado para interferir en este poder (por ejemplo, mediante dinero falsificado) son algunos de los delitos privados más perseguidos (detallado a continuación).

Impuestos

En el contexto actual, los impuestos asumen un papel adicional. Todavía sirven como un instrumento de transferencia de recursos reales del sector privado al público, pero la forma en que se produce esta transferencia es mediante la recuperación de la demanda de moneda fiduciaria emitida por el gobierno. Los gobiernos modernos liquidan sus deudas y pagan sus gastos emitiendo sus propios pasivos: obligaciones, billetes, monedas, cheques del gobierno. Para poder hacer frente a las deudas contraídas con el Estado, denominadas en la unidad de cuenta administrada y emitida por dicho Estado, el sector privado, deberá obtener la moneda para saldar sus deudas. Obviamente, el emisor (el gobierno) no puede recaudar impuestos en moneda que aún no ha emitido. Así, la forma en que el sector privado obtiene monedas del emisor es vendiendo al Estado mano de obra, bienes y servicios, que le serán pagados en moneda estatal.

En otras palabras, en el contexto moderno, los impuestos tienen dos funciones. En primer lugar, crean demanda de papel moneda que de otra forma no tendría valor (Mosler 1997–98; Wray 1998). En segundo lugar, sirven como un medio de aprovisionamiento del gobierno en términos reales, no financieros. Un emisor de monedas en régimen monopólico nunca se ve limitado financieramente por la recaudación de impuestos, ya que siempre puede pagar emitiendo más pasivos propios. Puede gastar la cantidad de dinero / pasivo que desee, siempre y cuando haya bienes y servicios reales a la venta. Y el Estado no puede recaudar moneda a través de impuestos si no lo inyecta antes a través del gasto. El Estado no necesita “dinero de impuestos” para gastar; necesita recursos reales. El Estado de Bienestar en particular necesita un ejército, maestros de escuelas públicas, una fuerza policial, inspectores de alimentos y cualquier otro recurso necesario para cumplir con su propósito público (el interés general). En cierto modo, el Estado moderno, como en la Grecia antigua, sigue cumpliendo una función redistributiva en la economía, donde recolecta recursos reales (mano de obra) del sector privado, y luego los redistribuye de vuelta al sector privado “más equitativamente” en forma de dotaciones de infraestructuras, educación pública, la investigación y el desarrollo del gobierno, y cualquier otra política de bienestar social que los votantes hayan solicitado. El papel de los impuestos en las economías de mercado modernas sigue siendo el mismo que en la antigüedad: no es un “mecanismo de financiamiento,” sino un “mecanismo real de transferencia de recursos.”

Lanzando Nuevas Monedas

Debido a que los impuestos crean la demanda de moneda, también se han usado como vehículo para lanzar nuevas monedas. Esto puede ocurrir, incluso en casos en que un gobierno soberano no ha sido capaz de cumplir sus deberes con los ciudadanos utilizando su propia moneda nacional. Por ejemplo, a lo largo de la década de los noventa Argentina operaba bajo un régimen monetario denominado “junta monetaria o caja de conversión” (currency board), que requería que la nación mantuviera un tipo de cambio fijo con el dólar, renunciando así a su soberanía monetaria y sometiendo las decisiones de gasto público para mantener la paridad.

Este régimen restringe severamente la capacidad del gobierno para gastar moneda nacional (pesos, en este caso). Los nuevos pesos en Argentina podrían ponerse en circulación sólo después de la adquisición de divisas (dólares estadounidenses) que se mantenían en las arcas del banco central. El gobierno de Argentina tenía que ganar o pedir prestados dólares para así aumentar sus gastos en pesos. Como un importador neto, Argentina sangró dólares a lo largo de la década de 1990, reduciendo así la cantidad de pesos en circulación, asfixiando la economía y sumiéndola en lo que ahora se conoce en Argentina como la “década perdida.” Para hacer frente a esta crisis económica, las provincias argentinas utilizaron su poder constitucional para emitir bonos, eludiendo así el problema de la escasez de moneda nacional. Las nuevos bonos (patacones o lecops, por ejemplo) comenzaron a circular de la noche a la mañana, a pesar de que los argentinos no confiaban en las monedas y no habían leyes de curso legal que obligaran a la población a usarlas.

En cambio, las provincias permitieron al público pagar sus impuestos estatales y facturas de servicios públicos con los nuevos bonos, y a su vez pagaron a los empleados estatales con ese nuevo formato. Los impuestos eran una condición suficiente para crear la demanda de una nueva moneda fiduciaria, y las provincias tenían que gastar la moneda antes de poder recaudarla en impuestos.

Los impuestos no financiaron a estas provincias, sino que les dieron más espacio político para impartir y llevar a cabo políticas internas mediante el lanzamiento de estas nuevas monedas. Los bonos circularon rápidamente dentro de la economía privada y se utilizaron hasta que se abandonó la junta monetaria, se restableció la soberanía monetaria en pesos y el gobierno argentino adoptó una política económica expansiva. Este episodio demuestra que los impuestos no financian el gasto del emisor de moneda; en su lugar, sirven como un vehículo efectivo para lanzar una nueva moneda.

Los impuestos también son un poderoso mecanismo de coerción. Por ejemplo, en África, los impuestos de capitación se convirtieron en otro método de colonización y extracción de recursos pues obligaron a las tribus y comunidades africanas colonizadas a utilizar la moneda de las potencias coloniales (Rodney 1972; Ake 1981). Antes la población local no usaba la moneda colonial, pero con la imposición de impuestos denominada en libras esterlinas, francos franceses u otras monedas coloniales, las comunidades comenzaron a vender cultivos y mano de obra a cambio de la moneda colonial para saldar la nueva obligación tributaria. Por lo tanto, no es sorprendente que el proceso de independencia de una nación vaya acompañado de la implementación de una nueva moneda nacional independiente, o bajo el supuesto de un control soberano y total de la moneda nacional.

Soberanía Monetaria como Requisito para la Soberanía Política

Una forma de contar la historia del “dinero como creación del Estado” es examinar el proceso de independencia nacional. La formación del Estado-Nación moderno ha sido vinculado estrechamente al proceso del establecimiento de una moneda nacional soberana unificada. Esto subraya la importancia de la capacidad de conducir los asuntos internos de una nación, independientemente de la influencia externa (por lo general, la de una antigua potencia colonial). A menudo, el poder colonial anterior retrasaba el proceso de independencia política de dos maneras: 1) instituyendo acuerdos monetarios que lo socavarían (por ejemplo, cajas de conversión o juntas monetarias); o 2) saboteando absolutamente el sistema monetario (por ejemplo, a través de dinero falsificado).

A continuación exploraremos estos obstáculos

El primer ejemplo son las antiguas colonias británicas. A medida que el Imperio británico comenzó a disolverse, las naciones recién independizadas comenzaron a adquirir plena soberanía monetaria. India, por ejemplo, había emitido su propia moneda -rupias- desde 1862 (todavía bajo el dominio británico), pero durante la mayor parte de ese período y hasta la independencia, la emisión de moneda en India funcionaba como una junta monetaria (Weintraub y Schuler 2013). Es tan sólo después de la independencia que India asumió el control soberano de la rupia. De manera similar, las colonias australianas emitieron algunas monedas, todas vinculadas a la libra esterlina. La paridad continuó después de la Federación en 1901, hasta que el gobierno asumió el control de todas las cuestiones cambiarias y comenzó a emitir la libra australiana en 1910. La independencia requería soberanía monetaria, que Australia finalmente logró en el período de entreguerras.

Las colonias permanecieron atadas al Imperio Británico, a través de la junta monetaria y acuerdos monetarios de paridad fija que dependían de la política monetaria del Reino Unido. Para expandir la oferta monetaria nacional, las colonias exportaban bienes y servicios a la antigua potencia colonial a cambio de moneda extranjera (libra esterlina), con la cual estaban vinculadas.

En cierto sentido, la junta monetaria era un método continuo de explotación colonial pues significaba una extracción persistente de recursos, bienes y servicios reales, a cambio de reservas de divisas. La junta limitó las capacidades de las naciones independientes para conducir política macroeconómica nacional, en tanto que la convertibilidad de sus monedas estaba comprometida. Para completar el proceso de independencia, las colonias entendieron que la soberanía era indispensable. Con el tiempo, abandonaron estos regímenes monetarios (tipos de cambio fijo y juntas monetarias) ampliando su margen de maniobra para implementar políticas.

Dinero Falso

El caso de la independencia de las colonias estadounidenses es similar en varios aspectos: la obtención de soberanía política requiere soberanía monetaria, un proceso que las fuerzas británicas intentaron socavar, sin éxito, mediante la falsificación de moneda, una forma de guerra financiera.

Los economistas no tienen una teoría de la falsificación, ya que el dinero es visto como un medio de cambio que surge del trueque, la muy limitada producción literaria sobre la falsificación sólo examina la cuestión de su “eficacia” (Kultti 1996). En general, la falsificación es tratada como un fenómeno marginal y sin importancia que no se analiza.

El proceso de independencia política de las colonias de los Estados Unidos fue de la mano con el proceso de la independencia monetaria. Tan pronto declararon su independencia y estalló la Guerra Revolucionaria, las colonias emitieron su propia moneda para financiar el esfuerzo armado. La excesiva emisión de “continentales” a menudo se utiliza para ejemplificar la mala gestión de divisas que hacen los gobiernos, lo cual lleva a la rápida devaluación de la moneda fiduciaria debido al gasto excesivo. Si bien es cierto que el financiamiento de la guerra de independencia de las colonias obligó a aumentar el gasto a un ritmo rápido, no se toma en consideración que la devaluación fue resultado de la falsificación y no del gasto excesivo[6].

La emisión de moneda en las colonias de los Estados Unidos comenzó 85 años antes que la independencia, ya que se entendía que era necesario emitirla para liquidar las deudas públicas y privadas (Rhodes 2012). Estos experimentos con la moneda funcionaron razonablemente bien y otorgaron a las colonias una significativa independencia económica, lo que llevó al Imperio Británico a tomar represalias a través de las Currency Acts de 1751 y 1764, que prohibían a las colonias la emisión de nuevas monedas.

Tan pronto se declaró la guerra, las colonias comenzaron a emitir bonos nuevamente, porque creían que era su derecho soberano. Sin embargo, varios meses antes de la guerra, las fuerzas británicas y los partidarios de la corona en las Américas, inundaron las colonias con billetes falsos. Como lo expresó Rhodes (2012): “En la víspera de la Revolución, la falsificación estadounidense había superado al imperialismo británico como la principal amenaza para la moneda colonial.”

Después de la independencia, los diversos intentos de lanzar una moneda nacional unificada fracasaron cuando el presidente Jackson vetó el relanzamiento del Segundo Banco de los Estados Unidos. Simultáneamente, proliferaron los bonos emitidos por los estados y la falsificación privada. Los billetes bancarios estatales se multiplicaron en 10.000 tipos diferentes, 6.000 de los cuales eran falsificados regularmente (Rhodes 2012). En 1862 la Legal Tender Act de Lincoln designó al dólar como moneda nacional, y aunque la falsificación siguió siendo generalizada, ahora llevaba mayores riesgos.

En un inicio las colonias americanas no consiguieron neutralizar las imprentas del norte. El Tesoro, establecido en 1789, sancionó la falsificación de dinero (Rhodes 2012), pero llevó un tiempo perfeccionar el proceso de ley. En 1865, se creó el Servicio Secreto (autorizado por Lincoln) para defender el poder soberano de emisión de moneda nacional, y se le encomendó la lucha contra la falsificación.

Benjamin Franklin reconoció que la emisión de la propia moneda era un prerrequisito para conseguir soberanía y una política nacional independiente, y que la falsificación era un acto de guerra (Rhodes 2012). El sabotaje a la facultad de emitir moneda a través de la devaluación se hizo mediante la emisión excesiva de dinero y la incapacidad de distinguir billetes falsos.

La falsificación como un acto de guerra se ha utilizado en otros casos. Como la falsificación de moneda alemana patrocinada por el gobierno británico durante la Primera Guerra Mundial (Cooley 2008); la emisión de dólares estadounidenses falsos que hizo Stalin en el período de entreguerras (Krivitsky 2011); la falsificación de bonos británicos ideada por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial (operación Bernhard); la emisión de monedas vietnamitas y cubanas falsas de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam (Asselin 2013) y la invasión fallida de Bahía Cochinos (Cooley 2008) respectivamente.

La revisión de la historia de la falsificación es una experiencia muy interesante y teóricamente importante. Desde que existe el dinero, ha existido la falsificación. El trabajo numismático muestra que la falsificación de monedas surgió con la moneda más antigua, acuñada en Lidia (VII AC), y se hacía a través de cortes, raspaduras o fundición de monedas. Todas estas prácticas eran castigadas con la muerte.

La falsificación también era un problema del dinero no metálico. De hecho, hasta el siglo XVIII, la pena capital por falsificar billetes bancarios formaba parte del sistema de justicia inglés (Desan 2015). Es por eso, por ejemplo, que el palo de conteo dividido tenía un diseño original para evitar la falsificación. En la Europa medieval, los impuestos a menudo se recaudaban a través de registros de madera: los pagos se registraban con muescas en el palo, que luego se dividía por la mitad (longitudinalmente). De esta manera, las dos mitades registraban las mismas muescas, y el siervo que pagaba impuestos lo conservaba como prueba del pago de sus impuestos.

Las tabletas de arcilla también fueron difíciles de falsificar, ya que representaban complejos esquemas detallados de liquidaciones y pagos de impuestos, otras obligaciones de deudas y equivalencias de precios. Pero es probable que también haya habido intentos de alterar su valor, lo que requirió la creación de la bulla (un sello donde se almacenaban fichas de arcilla). La imagen (valor nominal) de las fichas de arcilla a menudo se imprimía en la superficie húmeda del sello de arcilla (la bulla) antes de que se secara, para garantizar que una vez que se rompiera el sello al realizar el pago, el valor contenido en el interior fuera exactamente el valor reclamado por el beneficiario.

Durante gran parte de la historia, cuando existe el dinero como una creación del Estado, los intereses privados han intentado manipular su valor. La historia de falsificación es una historia del dinero como creación del Estado. Es una historia de la capacidad de una autoridad para imponer obligaciones no recíprocas, establecer la unidad de cuenta para su pago y hacer que se cumplan. En el contexto moderno, también es una historia del establecimiento de una moneda nacional unificada con el propósito de conducir de manera independiente las políticas internas de una nación.

Debido a que la teoría económica no reconoce el dinero como una creación del Estado, también ha subestimado la importancia de la soberanía monetaria. Los economistas ven la falsificación como una irregularidad en los mercados que funcionan normalmente sin problemas (Kultti 1996). Si, por el contrario, el dinero es correctamente considerado como una creación del Estado, entonces la falsificación se convierte en un fenómeno generalizado del mercado, del sector privado, que requiere análisis y teoría. Mientras el dinero sea un bien público, la responsabilidad de mantener su poder adquisitivo y su provisión de manera coherente con las necesidades de la población, recae en el gobierno.

Jerarquía del Dinero

Hasta ahora, se ha prestado atención a las obligaciones emitidas por el Estado y a las unidades de cuenta que éste administra. Pero es importante tener en cuenta que, el dinero es una deuda/pagaré, y cualquiera puede emitir pagarés (Minsky 1986). El problema, como argumentó Minsky, es lograr que sean aceptados. Y, de hecho, en las economías capitalistas modernas, los agentes privados financian sus actividades con instrumentos que les permiten tomar posiciones financieras: obligaciones emitidas de forma privada, que tienen diversos grados de aceptabilidad. Los bancos crean dinero bancario de golpe, a través del proceso de préstamo. Y como subraya el enfoque endógeno del dinero, los préstamos crean depósitos, que en conjunto crean poder adquisitivo desde el crédito privado. En los sistemas financieros modernos, los bancos centrales respaldan los pasivos del sector bancario para mantener un sistema de pagos sano y aceptar los pasivos bancarios para el pago de impuestos, lo que los hace tan aceptables como los pasivos emitidos por el Estado.

El enfoque cartalista subraya que la multitud de pasivos del sector privado puede clasificarse de forma jerárquica, por lo que las deudas más aceptables y liquidas se sitúan en la cima de la pirámide monetaria (Bell 2001).

Jerarquía del dinero
La característica más importante de esta pirámide es que cada unidad económica, excepto el gobierno, tiene que entregar el pagaré de un tercero  (ubicado en algún lugar más elevado de la pirámide) para saldar sus obligaciones de deuda. Las empresas y los hogares liquidan sus deudas entregando cheques (pasivos bancarios) o billetes y monedas (pasivos del banco central o del Tesoro). Los bancos liquidan las deudas entre sí entregando reservas (pasivos del banco central). El gobierno es la única unidad económica que liquida sus propias deudas emitiendo más de sus propios pasivos. El Estado emite varios tipos de pasivos: algunos son emitidos por su entidad monetaria (billetes y reservas)[7] y otros son emitidos por su entidad fiscal (monedas, cheques del Tesoro o valores del Tesoros). La emisión de cada uno de estos pasivos es el poder de monopolio soberano y exclusivo del Estado. El pago de un pasivo (por ejemplo, cheque del Tesoro o valores del Tesoro) tiene lugar cuando el Estado entrega otro de sus pasivos (reservas).
 
En las economías de mercado modernas los contratos privados y las deudas se liquidan en la unidad de cuenta emitida por el Estado (Reservas) y el financiamiento privado impulsa el desarrollo del mercado de capitales. Las finanzas privadas son también una amenaza, ya que frecuentemente casuan inestabilidad financiera y económica (Minsky 1986), recayendo en el Estado la responsabilidad final de la estabilidad del sistema financiero.
 
De acuerdo con Minsky, un sistema capitalista es un sistema financiero (1986). Es un sistema en evolución e innovador, que busca continuamente nuevas oportunidades rentables mediante la creación de mercados para nuevos pasivos del sector privado. Los bancos crean nuevos instrumentos de posicionamiento, ya sea para financiar el desarrollo de capital de la economía o para financiar “finanzas.” El proceso de financiamiento para adquirir activos reales o financieros agrega otra dimensión de inestabilidad al sistema capitalista, ya que el proceso de innovación financiera suele ir acompañado de prácticas contables inventivas y de fraude.
 
Desde este punto de vista, como ilustran las teorías jurídicas de las finanzas, los mercados financieros son esencialmente sistemas híbridos: ni privados ni públicos, ni del Estado ni del Mercado. Sin embargo, la ley y su cumplimiento dependen del Estado, ya que los compromisos de la deuda pública y privada están consagrados en la ley (contratos legales). Pistor (2013) argumenta que, en medio de una crisis financiera, cuando el cumplimiento de los compromisos legales daría lugar a la autodestrucción del sistema financiero, la fuerza de la ley se suspende para garantizar la supervivencia del sistema financiero y las relaciones financieras prevalecientes: “Donde la ley es elástica,” afirma, “el poder se vuelve relevante” (Pistor 2013).
 
Desde este punto de vista, como ilustran las teorías jurídicas de las finanzas, los mercados financieros son esencialmente sistemas híbridos: ni privados ni públicos, ni del Estado ni del Mercado. Sin embargo, la ley y su cumplimiento dependen del Estado, ya que los compromisos de la deuda pública y privada están consagrados en la ley (contratos legales). Pistor (2013) argumenta que, en medio de una crisis financiera, cuando el cumplimiento de los compromisos legales daría lugar a la autodestrucción del sistema financiero, la fuerza de la ley se suspende para garantizar la supervivencia del sistema financiero y las relaciones financieras prevalecientes: “Donde la ley es elástica,” afirma, “el poder se vuelve relevante” (Pistor 2013).
Cuando Knapp proclamó que “el dinero es una creación de la ley” (1973 [1924]), omitió que: “El dinero es una creación de la ley de la moneda de curso legal” (como en Schumpeter 1954). De hecho, Knapp rechazó explícitamente dicha interpretación. El dinero es una creación de la ley porque el Estado es el adjudicador y el ejecutor de las obligaciones no recíprocas y otros contratos del sector privado.
[5] Para la economía convencional, el dinero emerge del trueque como un medio para resolver la doble coincidencia de deseos. Los economistas presentan estos orígenes, en un sistema de trueque, como un ejemplo puramente hipotético, incluso ficticio. Menger (1892) reconoció la falta de evidencia histórica que respalda el punto de vista metalista y por lo tanto, planteó una pregunta diferente: “incluso si el dinero no se originó del trueque, ¿podría haberlo hecho?” De esta manera, pretendía “perfeccionar” la visión convencional del dinero ofreciendo una solución matemática al escenario hipotético de trueque.

[6] El Congreso Continental había emitido una cantidad enorme de bonos “continentales” para financiar la guerra, y probablemente se habría devaluado, aunque tal vez, no lo suficiente como para provocar la desaparición total de la moneda continental.

[7] En los Estados Unidos la entidad monetaria estatal es la Reserva Federal, que ejerce las funciones de banco central (emite billetes y custodia las cuentas de reserva de los bancos comerciales) (nota de la traductora).

[8] En los Estados Unidos la máxima autoridad fiscal es el Tesoro, que emite tanto la moneda metálica como los bonos de la deuda pública. Asimismo puede girar cheques contra las cuentas que tiene en la Reserva Federal. (Nota de la traductora).

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